
Carta pública al escritor Héctor Abad Faciolince por un colombiano (31 de mayo de 2018)
“El día de ayer tuve la oportunidad de leer su columna titulada: Colombia entre la oligarquía y la demagogia, donde expone sus impresiones sobre el panorama electoral del país y explica los motivos por los cuales no se siente representado por ninguno de los actuales candidatos a la presidencia. Teniendo en cuenta la pluralidad de visiones que confluyen en este momento histórico, su posición es válida y respetable, considero que alguien que goza de un reconocimiento de opinión importante, tiene a bien expresar su lectura de país. Sin embargo, lo que me ha sorprendido de su columna, es la lógica de su argumento y es sobre ella que me permito profundizar y problematizar.
El primer punto a discutir, es su énfasis en presentar el país y su actual panorama político, entre las formas tradicionales de la oligarquía de extrema derecha, la demagogia de la extrema izquierda y las posiciones de centro. A mi parecer, hay un círculo vicioso en esa forma de entender la realidad, el cual limita las posibilidades comprensivas en un contexto tan convulsionado como el nuestro. Estimo que dicha separación, crea una ficción nociva sobre lo político que sólo le sirve a las dinámicas de poder que buscan perpetuarse construyendo focos de atención mediática. La pregunta que subyace sería si esos enemigos ficcionales que los medios están construyendo, están realmente a la altura de los conflictos micro y macro-sociales en lo contemporáneo.
Hace ya varias décadas que el pensamiento crítico gravita en otras orbitas discursiva, a pesar del cuestionamiento legitimo a las injusticias derivadas de un capitalismo perverso, su acción ya no se sostiene de manera exclusiva en imaginarios asociados al socialismo o el comunismo. Es decir, el énfasis no se detiene en la acción militante para una transformación macroeconómica, pues la historia nos ha demostrado que no es en la macro-estructura donde el ser humano resuelve el problema ético con sus diferencias. Hoy el mundo se mueve desde otras coordenadas, las luchas sociales y políticas modernas, no necesariamente se orientan en la dicotomía entre explotados o explotadores o en la lucha de clases; hoy se responde a las dinámicas del poder con nuevas emergencias micro políticas, que desde campos de subjetivación diversos, fecundan el ejercicio de nuevas ciudadanías.
Estos brotes de emancipación subjetiva y micro política, se dan en todos los órdenes y territorios, y vienen configurando agendas de trabajo insospechadas que derivan en acciones colectivas, las cuales no sería justo enmarcar en una línea tan limitante como derecha, centro o izquierda. Hoy podemos reconocer nuevas ciudadanías campesinas, urbanas, indígenas, juveniles, ecológicas entre muchas otras donde lo significativo es cómo batallan por integrar sus lenguajes y memorias emergentes a la escena social. Lo realmente demagógico, es sostener en el discurso un imaginario heredado de los fantasmas no resueltos de la guerra fría, en donde toda propuesta alternativa de ciudadanía, se valoraba como promotora de un comunismo terrorífico. Por el contrario, ahora se trata de reconocer su experiencia solidaria y afectiva en la generación de narrativas alternativas.
El reduccionismo al que usted acude es mal sano porque no permite mirarnos y porque además de invisibilizar la praxis de ejercicios políticos diversos en el país, tiende a crear pesos innecesarios e injustos sobre la misma gente. El día domingo debí primero acompañar a mi padre a ejercer su derecho al voto. Él tomó la opción de Duque, y no creo que desde su actitud y pensamiento se sienta políticamente identificado con las posiciones retrogradas de un extremista de derecha. Luego debí acompañar a mi madre a votar por Fajardo junto con mi hermano que acababa de votar por Petro, después todos compartimos un café dominical. ¿Qué significado puede tener esto? Esta escena, que intuyo es muy colombiana y cada vez más común, destituye justamente ese reduccionismo, muchas familias están compartiendo sus visiones políticas, quizás no desde una militancia rabiosa, ni desde una intensión dividida y polarizada, sino como expresión de malestares diversos que desde sus emergencias quieren encontrarse, el asunto es traducir esas demandas en espejo de lo que Colombia quiere expresar en colectivo.
Lo que me extraña de su posicionamiento, es que siempre he considerado que la literatura y las artes son los antídotos sociales más efectivos contra este tipo de imaginarios excluyentes. La literatura es una forma enseñarle a la gente a salvarse de los tristes binarios de la política, las doctrinas cerradas y las formas de esclavitud moderna, es por ello que, dado su quehacer y reconocimiento, no deja de inquietarme su posición.
El segundo punto que quiero problematizar, es el impacto de lo anterior en su percepción de las campañas de Fajardo y Petro. Expongo inicialmente que, en los programas presentados por los dos candidatos, puedo reconocer muchas más convergencias que antagonismos programáticos, los dos hacen eco de una necesidad de trasformación de país y los dos obedecen a un proyecto modernizador de Estado en sintonía con esas nuevas ciudadanías emergentes.
Sería triste decir, por ejemplo, que quienes votaron por Fajardo, lo hicieron motivados por el descontento que les representa las figuras de Uribe o Petro, sería injusto y extremadamente sesgado. Prefiero pensar que votaron por un proyecto de país y por la identificación de vacíos profundos en la gestión de lo público, que se movilizaron por una confluencia de procesos sociales y culturales invisibilizados tradicionalmente y que ahora podrían constituir una alternativa de gobierno. Es decir que no se quedaron en una neutralidad patológica que había caracterizado a las posiciones de centro de otras épocas, sino que pasaron a la acción verdaderamente política.
En el caso de Petro estamos ante una situación similar. Sus votantes, desde orillas distintas están también apostándole a una humanización de Estado que permita superar una tolerancia mezquina de la violencia en todos sus órdenes. La diferencia entre Petro y Fajardo es que el primero canaliza una conciencia histórica del país, y no se limita solo a proponer una reconciliación aparente y maquillada de las diferencias. Petro evidentemente evoca heridas históricas, lo cual no es negativo, pues al hacerlo facilita la germinación de escenarios que nos permitan resolver creativamente nuestras tragedias no contadas. La historia colombiana viene de heridas profundas entre ellas la violencia por el monopolio de la tierra. Lo que propone la Colombia Humana es dar pasos para sanar esa herida y ello me parece valiente y urgente.
Hemos sabido reconocer que las heridas que no se nombran, entran en un ciclo vicioso que hace que se repita en nuevas violencias. Lo que evoca Petro desde mi mirada, no es el odio de clases como usted supone, sino la oportunidad de volvernos dignos de la historia a partir de sanar esas heridas sociales profundas. Ese es un reto que desborda a cualquier gobierno, no obstante es interesante que una propuesta se pueda preguntar por ello e intente construir una agenda en ese horizonte. Salvo esta diferencia, considero que las dos propuestas de Petro y Fajardo se construyen desde un deseo profundamente democrático que es positivo para la conciencia política del país.