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México necesita mirar con lupa lo que está pasando en Argentina antes de caer en el encanto barato del discurso libertario que algunos ya intentan importar como si fuera la nueva moda política del año. Porque allá, mientras Milei grita “¡viva la libertad, carajo!” en cada foro internacional, millones de argentinos no llegan a fin de mes. No es metáfora: trabajan, pagan, ahorran (o intentan) y aun así la quincena no ajusta. Eso sí, el presidente sigue convencido de que todo es culpa del socialismo imaginario.
Lo triste, y a la vez cómicamente trágico, es que Milei ya es más meme que presidente. Lo ves haciendo imitaciones de anime, dando entrevistas como si estuviera en un podcast conspiranoico y publicando frases motivacionales que parecen sacadas de un libro de chistes. Y mientras él actúa, el país sangra. Argentina se transformó en su propio laboratorio neoliberal donde todo se vende, todo se privatiza y todo se ajusta, menos, claro, las condiciones de vida de quienes ya no pueden sostenerse.
Y, aun así, aquí en México ya tenemos a los primeros fans: políticos sin proyecto que repiten esos discursos como si estuvieran haciendo cosplay ideológico. Hablan de “los que mueven los hilos” mientras cenan con ellos, juran que el Estado es el enemigo mientras viven de él, y prometen libertad económica sin entender que en Argentina esa libertad sólo le llegó al capital extranjero, no a la población.
Porque lo que Milei llama “liberalización” es, en realidad, un buen fin para el capital internacional: entregar los recursos estratégicos, convertir la soberanía en objeto decorativo y firmar acuerdos con Estados Unidos que huelen más a subordinación que a cooperación. Y lo peor: él parece no darse cuenta de que no dirige nada; solo ejecuta un guión escrito desde fuera, mientras muchos argentinos lo siguen con fe ciega, convencidos de que el ajuste eterno algún día se convertirá en milagro.
México debe tomar nota: el “modelo Milei” no genera prosperidad, genera precariedad justificada. No crea empleos dignos, crea excusas. Y no trae estabilidad, trae un país fracturado donde el precio de la tortilla sube, el salario baja y el presidente pelea más con sus fantasmas que con la inflación.
Si México decide copiar ese discurso, acabaremos igual: salarios que no alcanzan, servicios públicos desmantelados, recursos entregados a intereses externos y un presidente trending topic que sirve más para stickers que para gobernar. Y mientras los influencers libertarios celebran su “victoria cultural”, la gente real pagará la factura.
México no necesita presidentes-meme ni economías convertidas en promociones especiales para inversionistas extranjeros. Necesita un proyecto que apueste por la dignidad, por la soberanía y por algo tan simple como fundamental: que la vida sea vivible. La verdadera libertad no se grita: se construye, se protege y, sobre todo, no se vende al mejor postor.