Cae el capo… y el sistema aplaude
Cada cierto tiempo nos venden la misma película.
Cayó el monstruo. Se acabó el mal. Ahora sí viene la paz. Conferencia de prensa, gráficos en pantalla, funcionarios solemnes diciendo que “este golpe es histórico”. Y nosotros, otra vez, frente al mismo libreto.
Ya lo vimos con Pablo Escobar, con Joaquín “El Chapo” Guzmán, con Ismael “El Mayo” Zambada, con Nemesio Oseguera Cervantes. Y cuando parecía que el problema estaba solo en la sierra, apareció también el traje y la corbata: Genaro García Luna.
El mensaje es siempre el mismo: “misión cumplida”.
El detalle incómodo es que la misión nunca fue el individuo.
El capo cae y el sistema respira. Porque el sistema necesita villanos individuales para no verse en el espejo. Es más cómodo personalizar el mal que reconocer que la estructura que lo produce sigue intacta. Cambia el rostro, pero no el engranaje.
El problema no es solo el narco. Es el ecosistema que lo hace rentable: la desigualdad que recluta, la impunidad que protege, la economía informal que lava, la complicidad institucional que administra.
Si mañana cae otro nombre famoso, la estructura ya tiene reemplazo. Porque no estamos frente a una anomalía; estamos frente a un modelo que aprendió a convivir con la ilegalidad como parte del poder.
Tal vez lo que está podrido no es solo el capo, sino el sistema que necesita capos. Mientras la discusión pública se reduzca a celebrar capturas como finales de temporada, seguiremos atrapados en una serie sin cierre. Cambian los protagonistas, no el guión.
Si no tocamos el engranaje, el trofeo será siempre reciclable. Y nosotros seguiremos aplaudiendo finales que nunca fueron finales.
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