Estoy en mi vehículo en medio del tráfico de la ciudad, esperando sin mucha paciencia el cambio del semáforo para poder avanzar; entretanto, alcanzo a observar a unos metros a una mujer de origen indígena, que viste un elegante atuendo negro con flores bordadas, en sus espaldas -y envuelta en un rebozo- lleva cargando a su pequeña hija, de apenas poco más de un año. El giro que hace —al terminar de solicitar apoyo monetario entre los automovilistas— me despierta un poco de estrés, pues temo que la menor se caiga —pero la habilidad de la mujer está probada— además, la niña está acostumbrada y se incorpora casi de inmediato sin mayor queja, acto seguido, continúa jugando con lo que parece ser una sonaja. Así, al dirigirse hacia la banqueta para tomar la sombra, la madre saca de entre sus ropas un celular de gama media, lo desbloquea y empieza a escuchar y a mandar audios, por lo que parece ser una aplicación de mensajería instantánea. Los clichés, el folclor impuesto y los estereotipos me hacen pensar: “mírala, por tecnología no paramos”.
La adaptación de los pueblos indígenas a su contemporaneidad no es algo nuevo, y antes bien es algo que nos pasa de largo con frecuencia. Desde la apropiación de los caballos por los pueblos apaches del norte de México, pasando por el sincretismo culinario que se gestó en el periodo colonial, hasta llegar a las fotografías de Ignacio Manuel Altamirano vistiendo un elegante traje negro, al lado de otros prominentes liberales mexicanos del siglo XIX.
El título de este artículo hace referencia a la exposición fotográfica “Los que viven en la arena. Graciela Iturbide y el pueblo comcáac”. En ella, se exponen imágenes que fueron capturadas por la artista en el año de 1979, durante un viaje de investigación encomendado por el entonces Instituto Nacional Indigenista. Su trabajo etnográfico nos invita a la reflexión sobre un pasado y un presente en constante negación y discriminación: las comunidades indígenas del norte de México.
En su visita por el territorio seri Hant Comcáac, de la comunidad de El Desemboque, en Sonora, la artista iconográfica capturó la esencia real de los indígenas del norte: mujeres apostadas en la caja de una pick up Chevrolet, una joven caminando en medio de los cerros, mientras carga entre sus manos una radio. Hombres seris vistiendo extravagantes trajes, dignos de la cultura setentera. Hace apenas unas semanas, Iturbide recibió por su labor, el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025.
Estos hombres y mujeres de origen indígena, son dignos supervivientes del sistema económico capitalista. Hasta ahora, han superado la persecución padecida durante el periodo colonial, luego, sortearon -no sin pocas bajas- la cacería dictada por el Estado Liberal del siglo XIX, que no solo les despojó de sus tierras, sino que ordenó y recompensó su exterminio. El trabajo de Graciela, tanto como su reconocimiento internacional, son una muestra de que podemos y debemos coexistir pacíficamente.