La popularidad como requisito… a costa de la ley
El problema no es la popularidad en sí misma. La popularidad debe ser consecuencia de un buen trabajo por años. El problema es cuando la lógica se voltea: cuando primero se busca ser popular para después intentar justificar la candidatura.
Cuando normalizamos estas prácticas, generamos una idea muy peligrosa: que el cumplimiento de la ley es opcional si el objetivo es suficientemente valioso. Que la creatividad jurídica es más valiosa que la congruencia ética.
La democracia no debería premiar al que mejor entiende cómo rodear la ley para ser popular, sino al que mejor entiende cómo servir a la sociedad dentro de ella. La popularidad es volátil y más ahora; la capacidad de gobernar no lo es y la ética mucho menos.
Y en un país con retos complejos, la política no puede convertirse en un concurso de influencers con fuero.
















