elheraldodejuarez
Análisisviernes, 30 de enero de 2026

¿Llegar a tiempo o rendirse?

No lo podemos negar, vivimos siempre buscando obsesivamente la eficacia de cumplir con las tareas encomendadas en una carrera donde el “tiempo” es el valor más importante para seguir produciendo.

Lo cierto es que tenemos ritmos frenéticos y acelerados, cuyas consecuencias afectan la salud de una persona.

Frente a una era de conveniencia, comodidad y tecnología, es evidente que la crisis de agotamiento no es solo fisiológica, sino también cultural.

Algunos especialistas refieren que, desde la invención de la bombilla eléctrica en 1879, se liberó la actividad humana del ciclo solar, ya que gradualmente hemos ido desvinculando nuestros ritmos cotidianos, de los ritmos de la naturaleza.

De tal manera que la iluminación artificial, la calefacción, el control de temperatura y el trabajo en turnos nocturnos, han creado un entorno donde nuestras señales naturales de vigilia y sueño, pueden ignorarse o anularse por completo.

Y todo en función de producir más; sin embargo, la sociedad actual está viendo cómo el ritmo frenético le pasa factura.

Así que el ajetreo de la vida que tiene la gran mayoría de los individuos, se refleja en estrés, ansiedad, depresión, trastornos del sueño, enfermedades crónicas y otros problemas de salud.

Recordemos que el estrés crónico eleva la presión arterial, debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de accidente cardiovascular, afecta la capacidad de atención y contribuye al envejecimiento prematuro.

Aunque sabemos que es perjudicial para la salud, en la sociedad del rendimiento lo raro es no tener estrés.

Ahora los especialistas refieren que muchos tenemos el “síndrome de la vida ocupada”: donde cada minuto está lleno de ocupaciones; así que, para muchos, la falta de tiempo se ha convertido casi un objeto de jactancia y veneración.

Ahora la idea del éxito, está directamente relacionado con el tiempo ocupado, de tal manera que la sociedad se distingue, en términos de rendimiento, donde unos rinden y trabajan, mientras otros llevan la cuenta del rendimiento.

No lo podemos negar, enfrentamos un verdadero problema, frente a un día de 24 horas, donde el tiempo no abunda y no es suficiente, sino que cada vez es más escaso.

La ironía es que estas mismas dinámicas, se han apropiado de experiencias y actividades que buscaban precisamente lo contrario: el autocuidado, el silencio y la desconexión, los cuales se han convertido en productos de lujo, e incluso de competencia y comparación.

El reposo y las pausas, son solo pequeños paréntesis para reponerse y volver a trabajar e ingresar a la hiperactividad, para logra mayor rendimiento e ir más lejos en menor tiempo.

El temporizador y el cronómetro, son mecanismos por excelencia de la medición del rendimiento.

Pero es necesario hacer un alto, para ser más productivos, hay que descansar y para avanzar, hay que saber parar.

Por eso tal vez la pregunta más relevante es:

¿qué significa realmente vivir frente a escenarios que van contra reloj?

Con toda seguridad no hay una única respuesta, ni para todas las personas, ni en todas las etapas de la vida.

De tal forma que ir más despacio, nos permite tener un espacio para cuestionar, pensar, reflexionar, recuperarse y salir del entumecimiento.

También sabemos que todo movimiento requiere de buenas intenciones, de pausas y propósitos.

Sin duda es posible seguir moviéndose mientras se revisa y se corrige el rumbo para ser más productivos.

Sí, pero evitando los ritmos frenéticos y acelerados, cuyas consecuencias afectan la salud de una persona.

Pero podríamos preguntar:

¿Qué es el tiempo?

¿Somos nosotros mismos el tiempo?

Y con mayor precisión todavía:

¿Soy yo mi tiempo?

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