Artilugios | DIARIO DE GUERRA, de Alejandro Rossi.
¿Qué es lo mejor de este libro? Todo al parecer.
La prosa es impresionante. El oficio, ya lo vimos, lo practicó el autor desde pequeño. El orden de las prosas, gracias a la pericia editorial de Aurelio Major, provoca que nunca olvidemos esas historias de tinte especial.
Diario de guerra corrige, exagera, distorsiona, pero siempre tiene un texto que nos hace apreciar la literatura de este generoso autor.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLa anécdota es muy hermosa. El joven Rossi escribía en su cuaderno de notas un texto. El cuaderno lo depositaba en la mesa de noche de su madre. Al otro día, el joven Rossi iba por el cuaderno. Su madre había anotado algunas correcciones. Iba veloz el escritor, realizaba las correcciones dejando nuevamente el cuaderno. Así todas las noches, textos nuevos, antiguos, revisados con asidua relatividad por la madre dieron al joven Rossi la dicha de saberse leído por la más feroz de las jefas de redacción. En algún momento, la madre, a partir de la calificación de 8, dejaba unas monedas. El primer pago de regalías del joven Rossi.
Esto lo cuenta el mismo autor en el epílogo del libro que hoy nos ocupa. Diario de guerra, dice el mismo autor, es una recopilación de algunas prosas, de algunos textos provenientes de otros libros suyos. El cielo de Sotelo o Manual del distraído. Este último era la columna que durante muchos años mantuvo Rossi en la revista Vuelta, la de Octavio Paz.
Por ejemplo, el voluminoso Gorrondona o la letrada literatura de Leñada, los pasos de los jóvenes internos para ir descubriendo una sexualidad que no es lo más interesante del texto. Rossi se ajusta a las pocas páginas no siendo émulo o seguidor del señor Valadés. Rossi camina como si pasara de un vagón del metro a otro. En ese tránsito nos lleva al encuentro de personajes que distienden una cotidianidad desdeñosa.
Los dos hermanos que creen sorprender a un espía nazi y lo que cometen es una injusticia que no los persigue toda la vida, y es que Rossi no cae en falsos dramatismos, porque la olvidan de inmediato. Así, lo que en un autor menos hábil sería una prosa que terminaría en la pantalla grande, en letras de Rossi se vuelve un juego de pasiones diminutas. Las imágenes de sus preceptores, muchos porque Rossi fue niño de internado, reviven algunos aspectos de la escuela que no tuvimos. Rossi narra los hechos desde la perspectiva del alumno que se entera del sórdido ambiente de sus profesores. Se engaña creyendo que lo descubierto es crucial cuando no es más que el escape de la rigidez.
Eso es otro instante de este libro que nos recuerda que la prosa, sobre todo si es breve, debe ser buena. Rossi hace una historia en menos de tres páginas, salvo en una de las últimas, la que da nombre al libro. En este Diario de guerra, el protagonista reclama un derecho que él mismo parece haberse negado. El de la concomitancia. El diario es una parodia de uno de guerra. Ahí se acaban las similitudes. El diarista corre en pos de una hazaña que no pase de la habitación, de su cómodo sillón, de la elección de la mujer. Eso es otro de los hallazgos de este libro.
Lo que hay de femenino en él es un repertorio que hace salir de la manga el autor. Esas mujeres que son parte del texto. Forman parte de la anécdota. Esa es su única virtud. A veces se nos olvida, parece recordarnos el diarista, que las mujeres bellas no tienen rostro. Uno de los textos concluye diciendo el narrador, Acepto la confusión. Ahí reside la magia de estos textos. Confusos sí. Nunca difíciles.
El autor forja una y otra vez, en un sendero organizado de palabras, prosas que delinean un mundo intelectual bien cimentado. La apología del filosofo comienza ahí, donde el autor explica porqué no es un filósofo. Y la imaginación nos lleva a unos señores vestidos con túnica o con un albornoz o de peluca, o de unos señores que visten el atuendo decimonónico. Rossi no es de esos. Él mismo describe cómo sale del baño y se viste con su atuendo contemporáneo. De ahí a la filosofía no hay forma.
El autor, curtido de un bagaje cultural enorme, describe los silencios, las fortunas, los desamores y amores. Amores y desamores que se aferran a la vida intelectual. No hay coto amoroso en el signo de Rossi. Su signo es la fortaleza de la palabra, aunque suene a lugar común. En este libro no encontrará el lector una salva de erudiciones que no agregarán a su entorno. Sí se ennoblecerá con este lenguaje que parece de cartapacio, pero es de la mejor esfera del manual… el del distraído, claro.
Los personajes que se adentran en nuestra estima, el gordo Gorrondona que es un crítico feroz, que me recuerda quizá la esfera natural de Fernando Nieto; Leñada que hace versos a destiempo y con sutilezas desleales; esos narradores impersonales que reflexionan (acercándose a la filosofía) sobre completar un movimiento o la impotencia del amanecer o del sistema disfuncional con que ocurren las cosas. Todos ellos tienen su lugar en este escenario que conforma el autor.
Ya para finalizar la anécdota, lo encontré en el patio del Instituto Juárez el día de la presentación de un libro de Enrique González Pedrero. Platicaba con Julieta Campos. Quise acercarme. No pude. Su personalidad, alto, flaco, con unos lentes que se aproximaban a la punta de la nariz fueron suficientes para que recordara Manual del distraído en cada entrega de Vuelta. No pude hablarle. Preferí hacerlo a través de sus letras. A continuación, unos datos biográficos del autor.
Como escritor, el nombre de Alejandro Rossi (1934-2009) ha estado asociado fundamentalmente a un libro que por sí solo hubiera bastado para garantizarle un lugar aparte en las letras hispánicas de los últimos años. Un lugar pequeño en cuanto al espacio, medio oculto, de no fácil acceso, felizmente minoritario. El Manual del distraído, en efecto, es una de esas breves y singulares obras maestras de la literatura.
Libro inclasificable, a medio camino entre el ensayo a la manera de Montaigne y el cuento, hecho de pequeños ensayos, narraciones breves, textos de circunstancias y fragmentos cuya unidad reside antes que nada en un tono literario de claridad, fluidez, amenidad y una precisión verbal para la que no se me ocurre calificativo más adecuado que borgeana (pocos autores han asimilado mejor la lección de Borges que Rossi, una lección que es, ante todo, estilística).
Una de las peculiaridades de la trayectoria literaria de Rossi es que en su caso no hubo un proceso de aprendizaje visible, una serie de obras en las que paulatinamente fuera madurando su estilo. A la hora de publicar las entregas del Manual del distraído era ya perfectamente dueño de él. Hubo, como se verá, una evolución, pero sus facultades estilísticas básicas ya estaban desarrolladas. Y por ahora, es cuanto.