La interrogante que plantea el título de mi colaboración de esta semana en EL OCCIDENTAL va más allá de la sutileza de las expresiones, porque hay una enorme trascendencia en ellas.
No queríamos más monarquía, pero optamos por una monarquía. Ah caray, ¿entonces para qué la independencia? Cambiamos un rey por un emperador. Vaya elección.
Le agradezco el tiempo que se tomó para leer mi artículo y espero encontrarme con usted en este mismo espacio la próxima semana si Dios nos presta vida y licencia.
Sin mencionar a Estados Unidos directamente, dijo que la mayor riqueza que tienen los mexicanos es la dignidad y esa la defenderán ante cualquier ataque
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Conmemorar, es recordar un hecho histórico con el fin de preservarlo en la memoria. Festejar es un ritual festivo que denota gozo y felicidad; son definiciones que podemos encontrar en cualquier diccionario y no conllevan discusión en cuanto al significado de ambos vocablos. ¿Fiestas Patrias o Conmemoraciones Patrias?
El domingo 16 de septiembre de 1810, poco antes de empezar la misa de las 6 de la mañana, el Párroco de la Iglesia de Dolores, Guanajuato, ordenó a su campanero que hiciera sonar las campanas de manera diferente a las llamadas a la misa, lo que despertó la extrañeza del pueblo que acudió con curiosidad a ver de qué se trataba la cosa puesto que no era común escuchar las campanas a rebato y por supuesto mucho menos a esas horas.
Una vez reunido el pueblo, el Padre Miguel Hidalgo les explicó la razón de la convocatoria y los exhortó a tomar las armas y buscar sacudirse el yugo de la dominación monárquica con los gritos de ¡Muera el mal gobierno! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! y buscar por la fuerza la independencia y la libertad. ¡Acabemos con la Monarquía!
Atrás quedarían para siempre los Virreinatos, las alcabalas, la esclavitud, la dominación, cuerpo y espíritu serían libres y la voluntad soberana de los criollos y los mestizos se impondría frente a la de los peninsulares llamados despectivamente gachupines.
Un contrasentido, pues al mismo tiempo en que se exaltaban los ánimos en contra de la monarquía española, por otro lado se lanzaban loas al Rey depuesto en Bayona, Fernando VII que siguió los mismos pasos de su Padre Carlos IV.
Además, era un contrasentido porque los Borbones provenían de la casa real francesa que era a su vez una rama de los Capetos pero ante el suceso de Bayona, los Bonaparte estarían recibiendo con beneplácito las colonias pertenecientes a España en América; si no queríamos a la monarquía española, ¿por qué entonces la simpatía hacia Fernando VII?
El caso es, que se inició el movimiento ese 16 de septiembre (no el 15, fecha adoptada en tiempos Porfirianos para festejar el cumpleaños del caudillo) y tras 12 años de lucha, vino el abrazo de Acatempan, el Plan de Iguala y la firma de los Tratados de Córdoba y el 27 de septiembre de 1821, hace su entrada triunfal el Ejército Trigarante, a la plaza principal de la Ciudad de México.
El repique de campanas ante la multitud exultante, fue marco festivo para recibir a Agustín de Iturbide, a Vicente Guerrero, Anastasio Bustamante, Pedro Celestino Negrete, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria (más tarde primer presidente de México).
Concluíamos la era de los Virreinatos, pero empezaba otro viacrucis: el Imperio; el 19 de mayo de 1822 el Congreso aprobó a Iturbide como Emperador y el 21 de julio de 1822, en ceremonia fastuosa en la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, con su correspondiente Te Deum, fue coronado Agustín I como Emperador de México.
Y así, desde 1822 empezamos un largo camino lleno de adversidades, de divisiones, vueltas y revueltas, conservadores contra liberales, vinieron las invasiones de Francia y de Estados Unidos, la Dictadura Porfiriana que desembocó en una cruenta revolución que medio concluyó hacia 1920 en tiempos de Alvaro Obregón, a quien lo asesinaron cuando intentaba reelegirse en otro contrasentido porque se había luchado precisamente contra la reelección , hasta nos asentamos en 1940 con Lázaro Cárdenas al frente del Ejecutivo Federal.
Al oriundo de Jiquilpan le siguieron los gobiernos civiles llenos de caciques, la imposición, del control férreo de organizaciones obreras y agrarias y quizá los mejores años que hemos tenido fueron los del desarrollo estabilizador iniciado a finales del período de Adolfo Ruiz Cortines, continuado por Adolfo López Mateos y concluido con Gustavo Díaz Ordaz, en donde Antonio Ortíz Mena fue el artífice de una estabilidad financiera que nos mantuvo en crecimiento económico constante, aunque a Díaz Ordaz se le estaba escurriendo de las manos el país, en 1968 con el movimiento estudiantil.
Los tiempos de la represión, de la guerrilla, de las devaluaciones, de la alternancia en el poder, oscilante entre la derecha y la izquierda pero lo peor es que tras 402 años de vida independiente, no nos hemos consolidar como una nación libre, soberana y sobre todo unida; estamos fracturados socialmente, somos un rompecabezas lleno de facciones donde cada quien acarrea agua para su molino, un país dividido, polarizado unos contra otros.
En esas condiciones, hoy estamos llegando al cuatrocentésimo segundo aniversario de nuestra independencia y la pregunta con que intitulo mi colaboración de esta semana vuelvo a formularla: ¿ conmemoración o festejo?
Si vamos a festejar, ¿qué festejaríamos? Un México desunido, lleno de desaparecidos, con muertos todos los días, con Estados dominados por la delincuencia, malversaciones de fondos, escándalos políticos, escándalos financieros, un poder absoluto que acapara la cúspide de los mandatos (ejecutivo, legislativo y judicial en uno solo) un sistema de Justicia electo por el dedazo de los Tlatoanis y que nos regresó 504 años en la Historia para ahora dictar sentencias como las tribus primitivas, entre sahumerios, copal y la adoración a Quetzalcóatl, la Tremenda Corte de Justicia y sus tramoyistas.
Yo, en estas fechas, me quedo con la conmemoración y hasta allí; es más, deberíamos hacer la corrección histórica del pretendido festejo, para “celebrarlo” el 27 de septiembre que fue precisamente la consumación del movimiento insurgente y no el 16 cuando se inició. Usted cuando festeja, ¿Cuándo ingresó a la universidad o cuando se graduó? ¿cuándo empezó a buscar novia o cuando se casó?
Pero ciertamente aquí lo más importante es lo que usted piense, independientemente de que comparta conmigo estas ideas, lo que es mlotivo de gusto o sean motivo de disenso. Y si usted disiente, recuerdo con beneplácito, la inmortal frase de Evelyn Beatrice Hall (Escritora Británica, 1868-1956, autora de “Los amigos de Voltaire”) atribuida erróneamente al pensador Francés Voltaire y que decía: “No estoy de acuerdo con lo que piensas, pero defenderé con mi vida el derecho que tienes para decirlo” y precisamente me quedo con esta frase Ad aeternam, para festejar -eso sí- la libertad de pensamiento y de expresión de la que -hasta ahora- por fortuna gozamos y así aunque pensemos distinto, tenemos todavía la libertad de manifestarlo públicamente.