Los inquisidores medievales eran hombres especializados en infligir dolor mediante diversos métodos de tortura, con el objetivo de arrancar confesiones y supuestas “verdades” a quienes eran acusados de cometer herejía. Estos lamentables procedimientos, más que buscar la verdad, forzaban declaraciones bajo el sufrimiento extremo, desvirtuando cualquier noción de justicia.
La mayoría de los inquisidores fueron frailes pertenecientes a la Orden de Predicadores, conocidos como dominicos. Esta orden, fundada por Domingo de Guzmán, fue aprobada oficialmente por el papa Honorio III, el 22 de diciembre de 1216. Este hecho confirió a los dominicos un reconocimiento formal dentro de la Iglesia católica, así como un papel destacado en la defensa de la “ortodoxia doctrinal” de la época.
El papa Honorio III ha pasado a la historia, entre otros motivos, por su gran impulso a la Quinta Cruzada, una expedición militar que, amparada en la bendición papal, pretendía recuperar los llamados lugares santos en poder de la dinastía ayubí, la cual controlaba el territorio de Jerusalén.
Este pontífice romano no limitó su quehacer a un respaldo simbólico o meramente espiritual, sino que promovió de manera decidida esta empresa y le destinó recursos económicos y políticos, convirtiéndose así en corresponsable de una campaña bélica que, invocando el nombre de Dios, normalizó la violencia, legitimó la muerte y justificó el derramamiento de sangre como instrumento de poder religioso.
Las cruzadas, al igual que la Inquisición medieval y las demás inquisiciones, son episodios que la religión mayoritaria en México preferiría no recordar ni mencionar, pues cada una de sus acciones históricas resulta incómoda y vergonzosa para el catolicismo contemporáneo. Estos acontecimientos contrastan profundamente con los valores de amor, justicia y misericordia que hoy proclama la Iglesia romana, y ponen en evidencia una herencia histórica difícil de conciliar con su discurso actual.
La intolerancia religiosa, como la que desplegó la Inquisición en el medievo, continúa manifestándose en nuestros días. Nadie puede negar que siguen operando nuevas formas de inquisición, distintas de la medieval en su apariencia, pero idénticas en su esencia, que provocan sufrimiento y vulneran la dignidad humana. Ya no se recurre al potro ni a la hoguera, pero se persigue, se margina y se hostiga a quienes, en pleno ejercicio de sus derechos fundamentales, se atreven a profesar una fe distinta. Esta persecución, muchas veces disfrazada de legalidad, costumbre o tradición, constituye una violación directa a la libertad de conciencia y de religión, derechos reconocidos por el derecho internacional y consagrados en los ordenamientos constitucionales de las naciones.