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Diversos pensadores y líderes de opinión califican la fe como una forma de manipulación. Esta percepción nace de una comprensión parcial del origen, la procedencia y la naturaleza de la fe verdadera, la cual es profundamente racional y, por lo tanto, muy distinta de cualquier forma de manipulación.
La fe que viene de Dios, y que nace del oír la palabra de verdad (Romanos 10:17), no anula la razón ni somete la voluntad de las personas; por el contrario, las implica y las eleva. Creer no significa aceptar ciegamente todo lo que se escucha, como si cada palabra fuera, por sí misma, un dogma de fe. Creer implica ejercer plenamente la inteligencia en el razonamiento, y la libertad en la toma consciente de decisiones.
Esta fe, que viene de Dios al corazón del ser humano, permite ampliar el horizonte de la razón, abriéndola a la reflexión sobre lo infinito, más allá de lo visible y de lo inmediato. Asimismo, permite que el creyente formule interrogantes con profundidad sobre el sentido de la existencia, el bien y la verdad.
La fe que brota del evangelio de Cristo anunciado por sus Apóstoles se fundamenta en la verdad y se ejerce desde el libre albedrío de las personas: no nace de la imposición ni de la obligación, sino de la convicción y del entendimiento que Dios da. Un ejemplo claro de lo anterior es el actuar de los hermanos de Berea, quienes, al escuchar la predicación del apóstol Pablo, recibieron la palabra con toda disposición, pero examinaban cada día las Escrituras para verificar si lo que se les anunciaba era conforme a la verdad (Hechos 17:10-11). Lejos de una adhesión ciega o forzada, su fe ha pasado a la historia como el fruto de una actitud abierta y reflexiva, de un discernimiento responsable y de una decisión libre, convirtiéndose en ejemplo de una fe que piensa, discierne y elige.
Algunos estudiosos de nuestro tiempo habrían calificado la fe de los cristianos primitivos como manipulación, lavado de cerebro o fanatismo religioso. Nada más alejado de la realidad, pues aquella fe no se impuso mediante la coerción ni el engaño, sino por medio de la palabra de Dios. Por ello, no puede considerarse resultado del adoctrinamiento ideológico ni del control psicológico, sino de la apertura voluntaria, libre y consciente del corazón a la verdad, como ocurrió en el caso de Lidia de Tiatira, quien al escuchar la palabra de Dios permitió que naciera en su interior una fe profundamente racional (Hechos 16:14-34).
La fe auténtica sólo puede nacer en la libertad, porque se funda en la verdad y compromete plenamente a la razón. No impone, no anula ni manipula, sino que ilumina la inteligencia y fortalece la toma de decisiones personales, haciendo del acto de creer una respuesta consciente y responsable.
Concluyo señalando que los líderes de opinión de nuestro tiempo, en ejercicio de su libertad de expresión, tienen todo el derecho de calificar la fe de las personas como lo consideren. Sin embargo, esa misma libertad exige un deber ineludible: respetar la libertad religiosa de cada ser humano. Creer o no creer es un acto personal que brota de la conciencia y no puede ser impuesto ni desacreditado mediante la burla, la descalificación o la presión ideológica.