No quisiéramos plantearlo así, pero qué enorme diferencia se ha producido entre las manifestaciones que se han llevado a cabo en el último mes en la ciudad de México.
Cuando se trata de las expresiones genuinas de un pueblo harto de soportar las inequidades, la violencia, la carencia de un sistema de salud que al menos tenga garantizado el abasto de medicamentos, la necesaria visibilización de una juventud que necesita tener mas oportunidades y mayor atención, la generación Z, las restricciones para acceder a la plancha del Zócalo en la Capital de la República son enormes. Los accesos son completamente controlados y la vigilancia policiaca cercana, y esto sin contar los infaltables infiltrados y las obvias descalificaciones desde las más altas esferas de la administración pública Federal pregonando a los cuatro vientos que se trata de personas acarreadas, pagadas, enemigos del régimen y traidores a la patria que quieren que perdamos la soberanía.
En cambio, cuando se trata de una marcha o manifestación de apoyo a las políticas gubernamentales, todo es terso, todo se da con facilidad, se deja que fluyan las cosas y aquí no hay vallas de protección a Palacio Nacional, no hay acarreados, pues la gente que está contenta con la situación que prevalece en el país, de su propio peculio paga transporte desde todas partes de la república para patentizar su apoyo a la lideresa que hizo que llegaran todas a la presidencia, y no hay ni infiltrados ni mucho menos la presencia del bloque negro; en esta manifestación, todo es alegría, paz, derroche de entusiasmo, vivas, y alabanzas, y es un honor estar con Claudia hoy y demás cosas a las que nos tienen acostumbraros los cuatroteístas, su fiesta cívica “auténtica y libre” de un “pueblo contento”.
Son contrastes y cada uno tendrá su propia opinión, sin embargo, creo que es necesario hacer un análisis objetivo de las cosas y formar sus conclusiones porque no puede ser tan diametralmente opuesto el trato que se les da a unos y a otros, puesto que cuando se trata de apoyar políticas gubernamentales se otorgan toda clase de facilidades y estímulos y cuando se trata de la crítica al régimen por sus más que evidentes desaciertos, el trato es distinto.
Hay una profunda diferencia de trato y manejo y esto no es admisible en un país de libertades, donde constantemente se pregona el humanismo que no es mas que una farsa; me recuerdan estas cosas aquel viejo refrán ranchero que decía “hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre.” Falsedades, falsedades. Escenarios prefabricados y miles de acarreados, para “mostrar musculo” cuando lo que muestran es su extrema debilidad y necesidad de aceptación.
Lejos de mostrar fuerza, eventos como el de hace un par de días ponen de relevancia la carencia de voluntades auténticas; los verdaderos acarreados fueron los que fueron al “festejo”, llevados en camiones para cumplir cuotas de aportación de gente como su fueran ganado, obligándolos a la asistencia para festejar y apoyar algop en lo que no creen pero los obligaron a ir porque les conviene, a apoyar algo con lo que se ve que no concuerdan ni apoyan, pero tienen que ir so pena de perder sus empleos o sus prebendas, lo cual también los hace cómplices de la falsedad de estos actos, engañosos totalmente y lo más increíble es que los gobernantes que reciben ese arropamiento de sus pretendidas huestes, se creen verdaderamente que ese es el pueblo bueno y sabio que está con ellos y los apoya, mareándose de poder y gozo en la plancha del zócalo en una mañana de ensoñación que sin duda tiene un amargo despertar cuando el gabinete de seguridad le rinde el parte de novedades. Las cosas no marchan bien pese al discurso triunfalista. Nada bien que andamos.
¿Entonces, a quien se engaña? O más bien a quien se pretende engañar, porque todos, propios y extraños nos percatamos de la enorme diferencia entre las marchas de protesta y las de apoyo y éstas últimas son montajes de la coadyuvancia partidista para quedar bien con la presidenta, quien en el fondo de su corazón por más que lo oculte con su estudiada sonrisa, sabe bien que el país se le está cayendo a pedazos mientras sus supuestos aliados se desgañitan gritándole sus vivas hipócritas con tal de mantenerse alimentados de la ubre de la vaca del poder sin pensar que ese “pueblo bueno y sabio” finalmente se despertará y como a los malos gerentes de las compañías, habrá de despedirlos. Al tiempo.
La gran diferencia nos hace un país Kakfiano. Nuestra realidad nos avasalla y necesitamos urgentemente que la señora Claudia de un enérgico viraje en el timón de nuestro barco porque amenaza con zozobrar en medio de esta feroz tormenta que nos abate.
La presidenta creo que tiene el talante suficiente para sacudirse las mezquindades carroñeras que pululan en su entorno, tiene en Omar García Harfush y en la señora Godoy dos alfiles incondicionales; con voluntad podrá sacarnos del bache, y entonces sí recibirá la entrega de su pueblo, porque de no ser así, continuará siendo víctima de un entramado de complicidades que no resistirán mucho el juicio de la historia y ella pasará por desgracia como la primer mujer que haya ocupado la silla del águila y la que tuvo la oportunidad de enderezar el rumbo y prefirió ser un satélite que no pudo escapar de la órbita del planeta, en lugar de ser una gran estrella que dejara el gran recuerdo de un buen gobierno y una gran mujer que llevó las riendas del país con tino. La señora Claudia tiene to be, or not to be de Hamlet: La honra o la vergüenza.