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El domingo a medio día, después de visitar a Eli en su trabajo para platicar y actualizarnos, Lulú y yo nos fuimos a recoger unas cosas que nos habían regalado. Varios triques, entre los que estaba un asador que ella planeaba usar ese mismo día para hacer una carnita asada con sus hijos y unos amigos.
Como eran varias cosas, Lulú le habló a su hijo y a un amigo para que le ayudara a llevar las cosas, que no cabían todas en mi coche. En lo que llegaban, como acostumbrábamos siempre que teníamos tiempo muerto, Lula y yo nos pusimos a platicar de los pendientes que teníamos, nuestras opiniones de los últimos acontecimientos y qué queríamos hacer a futuro. Después del proceso electoral del año pasado en el que ella y yo fuimos en fórmula como candidatos a una diputación local, como titular y suplente, estábamos dando cierre a un ciclo que había durado tres años.
Ella y yo llevábamos cinco trabajando juntos y estábamos un poco decepcionados con el resultado de todos esos años de arrastrar el tenis en las colonias de Cuernavaca. A la hora de la hora, no logramos la diputación, nos quitaron la presidencia de un partido político en Cuernavaca por acuerdos cupulares y por ahí nos habían quedado a deber varios compromisos, otros nos traicionaron y algunos pocos hasta nos metían el pie cada que podían. Seguíamos sin tener los recursos para poder mantener nuestro proyecto político y hacer las gestiones que queríamos en el territorio. El camino había sido difícil y pintaba igual o más difícil a futuro. Yo, de entre los dos, era el más pesimista, pero Lulú, no dejaba de decirme que no me preocupara, que íbamos bien y que así es como valía la pena construir: sin deberle nada a nadie.
Llegaron por las cosas, las subimos y fui a dejarla a su casa. En el camino seguimos platicando como siempre: ella en el asiento de pasajeros, algo de música de fondo y muchas risas. Llegando a su casa bajamos las cosas de mi coche y nos despedimos como siempre lo hacíamos: un abrazo con beso en el cachete y un “Te quiero, jefecito, ya no te enojes”. Ella nunca me hablaba de usted, ni me decía jefe, más que de broma. Si bien así empezó nuestra relación, como trabajo, la verdad es que a través del tiempo se había convertido en una de amistad más allá de la política; en cariño por quienes éramos en lo individual. El proyecto era de los dos y cada uno aportaba una parte importante, ninguna más que la otra. Yo digo de broma que en los últimos años he pasado más tiempo con Lula que con mi mamá y mi novia juntas. Pero no era broma. Sin darnos cuenta éramos grandes amigos.
Todavía en la noche me escribió con una buena noticia. Alguien importante la había buscado para sentarse a platicar y estaba emocionada. Así habían sido los últimos meses: a Lulú la estaban buscando personas del PAN, del PRI, de MORENA, del PRD y de todas partes para que les ayudara en sus siguientes emprendimientos políticos. La buscaban a ella, no a mí, sin embargo, ella siempre se volteaba y me pedía mi opinión sobre ellos, si valía la pena o no.
Algunos creen que yo no sé: fueron a buscarla y hablarle mal de mi, pero ella me platicaba, nos reíamos y dábamos gracias por la confianza que nos teníamos. Yo le decía que estaba bien, que se lo merecía y que esperara a que la fueran a buscar a su casa, porque es lo menos que debían hacer. Ella ya no era una simple operadora de territorio, por su trabajo a través del tiempo se había ganado cierto respeto, como para que la fueran a buscar, no al revés.
A través de los años Lourdes Silva Barranco, Lulú para sus amigos, se había convertido en una de las lideres sociales más importantes de Cuernavaca. Sin figurar mucho, pero presidentes municipales, regidores, secretarios de estado y lideres políticos de todo tipo la habían usado políticamente para que les acercara gente, para que los metiera a las colonias de Cuernavaca, particularmente la Antonio Barona y la Universo, donde ella nació y vivió la mayor parte de su vida; orgullosamente. Lulu dedicó su vida a usar esas relaciones para mejorar poco a poquito las condiciones de vida de sus vecinos: una toma de agua por aquí, una pavimentación de calle por allá y muchas gestiones en hospitales, ayuntamientos y demás.
Para mí era un honor, un privilegio, que me diera su confianza y que, a pesar de no ser presidente municipal, regidor, secretario de estado o líder político, decidiera hacer equipo conmigo. Sabíamos que no podíamos seguir así y algo más había que hacer. Lulú tenía el sueño de cuidar a sus hijos y a sus nietos, seguir construyendo en su casa y vivir una vejez en paz. Estábamos pensando qué hacer y, por lo pronto, ella iba a empezar esta misma semana a vender pollos rostizados y alitas en su casa, porque hacía unas muy buenos a la leña y entre eso y unas cervezas para el que la pidiera, ella podía mantenerse. Ya me saboreaba yo unas de esas alitas bien preparadas. No sabía que ese domingo sería el último día que vería a Lulú, platicaría con ella, nos abrazaríamos o nos escribiríamos.
A Lulú la mataron el lunes en la madrugada. Con ella se murió una parte importante de mis ganas por hacer política o querer caminar las colonias en Cuernavaca. No sabía cuánto necesito a Lulú junto a mí mientras camino las calles de la ciudad, hasta hoy que pienso en hacerlo sin ella. Ella me cuidaba y me decía por dónde ir y por dónde no, a quién visitar y a quién no, qué gestión hacer y cuál no.
No sabía cuánto quiero a Lulú hasta que ya no puedo visitarla en su casa y bromear que ahora sí le voy a pagar los tacos que le debo de alguna de las veces que el América le ganó al Cruz Azul. Lulú fue mi maestra de la política más esencial, bella y necesaria que se puede hacer en este país: la política de territorio. Con ella conocí una realidad de la vida que va más allá de mi burbuja, más allá de lo que sale en redes, la tele o de la boca de otros políticos. Conocí el amor por una ciudad y sus vecinos a pesar de cualquier cosa, por dejar tu colonia un poquito mejor de cómo te la encontraste. Jamás voy a olvidarla.
Lourdes fue una mujer politizada, producto de sus tiempos, y como tal le tocó cargar con muchas cruces, algunas propias y otras que le colgaron personas que la usaron. Ella las aceptó y nunca fueron excusa para seguir adelante, siempre pensando en los demás. Lulú merecía ser diputada o regidora, y además lo hubiera hecho extraordinariamente, mejor que muchas de las personas que la usaron y luego la abandonaron o que la criticaron por celos y miedo.
Nunca se me va a olvidar la cantidad de personas que fueron a velarla a su casa o a despedirse a su funeral; tampoco las que faltaron o las que hablaron mal de ella. Las memorias de esos días que pasé con ella navegando Cuernavaca son el tesoro más hermoso y el premio más noble que me ha dado la política hasta hoy; y si bien por lo pronto haré una pausa para replantear mi trabajo social y político, ahora con más pasión sé que tarde o temprano regresaré a él, porque ahora también cargo con la herencia de Lulú y la obligación de cuidar su colonia y a su gente.
A Chris, Pablo, Martha, Aney, Jorge y a toda su hermosa familia les digo que tienen un ángel guardián que ya está haciendo las gestiones en el cielo para que cuando lleguen ellos, tengan todo lo que les prometió en vida. Hoy Lulú descansa sentada junto a su mami, cabuleando a su hermano Huicho. Está más feliz que nunca. Pensar en eso es lo único que me alivia el dolor de ya no tenerla aquí. Descansa en paz, jefecita, porque en vida cumpliste. ¡Arre, Lulú!