Días de soltar / Asústame, panteón
Empezamos el 2025 y lo vamos a empezar hablando de cine, porque hay un par de coyunturas que vale la pena comentar.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLa primera película que fui a ver al cine este año es Nosferatu, el remake de aquel éxito del cine mudo de 1922 del director alemán F.W. Murnau y protagonizada por Max Schreck, como el conde Orlok, cuya principal curiosidad es que cuenta la historia del Drácula de Bram Stoker cambiando los nombres de los personajes y las locaciones lo suficiente para evitar infringir la ley de propiedad intelectual de la época (no lo lograron y eso casi hace desaparecer la película de la memoria colectiva).
Este remake, me atrevo a decir, es la ópera magna de Robert Eggers, este gran contador de historias de terror que primero hizo La Bruja (2015) luego El Faro (2019) y El Hombre del Norte (2022) y ahora nos vuela la cabeza con esta reinterpretación de una historia clásica que lleva más de 200 años enamorando la cultura mundial, encabezando la lista de personajes malos: El rey de los Vampiros.
Si me preguntan a mí, a reserva de ver las películas que me faltan, esta debería ser considerada por la Academia para los premios Óscar como la mejor película, mejor guion adaptado, mejor director, mejor edición y mejor maquillaje por lo menos, a reserva de que se cuelen por ahí algunas otras nominaciones como las de los actores.
El mérito de esta cinta es que Eggers no buscó meramente copiar lo que se había hecho en 1922 por Murnau o en 1979 por Werner Herzog (el primer remake), sino que este director, que encontró la pasión por el cine y teatro en sus años de secundaria cuando dirigió esta misma obra en su escuela y desde entonces tenía en la cabeza hacer esta película, supo apropiarse de la narrativa y darle sus toques que la hacen no solo única, sino que también la mejor representación de cualquier historia de Drácula que se haya hecho, sean las ya mencionadas versiones de Nosferatu o los Dráculas de 1931 (Tod Browning y Bela Lugosi), 1958 (Terence Fisher y Christopher Lee) o 1992, (Francis Ford Coppola y Gary Oldman).
El primer acierto de la película, producto de la historia y horas de vuelo del director con esta historia, así como con sus otras películas que sirvieron de experiencia para esta, es la elegancia con la que narra la historia a través del guion, los sets y los personajes. Podría ser una obra de teatro en la que cada escena está perfectamente confeccionada y ayuda a sumergir al espectador en el tenebroso mundo de la película.
El segundo acierto son las libertades creativas que se toma para, disculpando la confusión, apegarse a la obra original, por ejemplo, si bien en la imagen colectiva el “Orlok” es un flacucho, pelón y orejón con manos largas y traje negro o “Drácula” tiene la pinta de ser un caballero inglés perfectamente vestido en un traje de la época victoriana, con el pelo peinado y la nariz aguilucha en una cara sin vello facial, en este caso Eggers rompe con esa tradición y regresa a la fuente original, el libro de Stoker, donde se describe al personaje principal como un caballero, sí, pero de la élite rumana de Transilvania en esa época, donde la vestimenta era diferente y las costumbres otras, empezando por el bello facial. También apelando a su parte demónica, pero no con orejas y manos prostéticas sino con la apariencia de lo que en esa época (investigación que hizo el director) se imaginaba era un vampiro: un alma que se conservaba en un cuerpo pútrido, no un dandy ingles guapo y bien bañado. El tercer y mayor acierto, si me preguntan a mí, es también la libertad creativa, pero esta vez para interpretar el poder del personaje, la monstruosidad que conlleva y la percepción de ello en una sociedad de la época. El terror que provoca el monstruo no viene tanto de su apariencia física, si no de la implicación de sus actos y las consecuencias psicológicas, religiosas y sociales en el resto de los personajes. Cada personaje está perfectamente bien logrado no solo en la profundidad de sus conflictos individuales, sino en la confusión que un asunto como el que se trata podía generar en una sociedad de la época: nadie entiende bien que es un vampiro o como matarlo, cuáles son los problemas que enfrenta una mujer atormentada por ello o las personas a su alrededor, como se representa el poder maligno en tanto sus métodos para matar o como resuelve el problema un científico o “cazador de monstruos” y las implicaciones de todo esto, lo más apegado a la realidad posible (¿los vampiros existen?).
En fin, creo que estamos ante una película que será recordada como LA película de terror de monstruos clásicos de una época, una época nueva donde se volverán a contar historias viejas como ésta del muerto viviente que chupa sangre. Junto con este peliculón, me interesa mucho ver lo que nos va a entregar otro gran director, ya probado y con Oscar ganado, a final de este año: el Frankenstein de Guillermo del Toro que saldrá a finales del 2025. ¿Podrán estas dos películas lograr revivir un género tan importante para el cine y así quitarle reflector a las películas de superhéroes que nos han dominado últimamente? ¿Tendrán el Conde Orlok de Eggers y el Frankenstein de Del Toro una rivalidad como la que tuvieron el Drácula de Lugosi y el Frankenstein de Karloff hace casi 100 años en la década de los treinta del siglo pasado? Y una última pregunta, ya que andamos hablando de cine ¿Por qué seguimos contando los mismos clásicos ya probadas, en vez de nuevas historias?
La próxima semana seguiremos halando de cine, porque hay un tema relevante que comentar respecto a Emilia Pérez, esta película tan cuestionada por los mexicanos, que está ganando premios contando nuestra historia desde Francia y con actores que no son mexicanos en un español roto.