El reciente desliz diplomático de la administración de Claudia Sheinbaum exhibe un patrón preocupante, de hacerse pasar por actor soberano en la escena internacional; México termina por minar sus alianzas con otros países de América. Dos asuntos recientes reflejan mejor esta consideración, primero, la ruptura de las relaciones diplomáticas con Perú tras el asilo otorgado a la ex primera ministra peruana, Betssy Chávez, en la embajada de nuestro país en Perú, y segundo, la negativa a aceptar el ofrecimiento del Donald Trump para intervenir en el combate al crimen organizado en México alegando “soberanía”. El resultado un país que afirma autonomía pero va quedando aislado, con socios cada vez más irritados y menos dispuestos a colaborar.
México no solo decidió conceder asilo a una ex funcionaria peruana, en medio de acusaciones por presunta rebelión, sino que hasta se defendió su actuar en la conferencia “mañanera” de ayer, al calificar como injustas las acusaciones que Betssy Chávez ha recibido, como si los funcionarios de la Secretaría de Relaciones Exteriores fueran juzgadores de aquel país. Esta acción del asilo, provocó que Perú anunciara la ruptura de relaciones diplomáticas, denunciando una “intromisión inadmisible” en sus asuntos internos; por su parte el Gobierno de México respondió que actuaba conforme al derecho internacional, pero quedó al descubierto un desalineamiento estratégico con un país que hasta hace poco era buen vecino. Quizá nunca se midió el costo diplomático que esto podría traer, porque no solo ha sido el abrirle la puerta de la embajada, porque México también recibió con “bombo y platillo” a Pedro Castillo, en la era de López Obrador.
En otro frente, México optó por rechazar una oferta del presidente Trump para desplegar tropas estadounidenses en territorio mexicano con objeto de combatir al crimen organizado, la Presidenta Claudia Sheinbaum lo expresó públicamente, “nuestra soberanía no está en venta”, una declaración firme, la idea es loable, porque no creo que nadie esté a favor de que ésta sea violentada, salvo algunos perfiles opositores que podrían inclinarse por esa opción. El tema de fondo es que el gobierno sí podría, por lo menos, establecer acuerdos si es que en verdad quiere acabar con estos grupos que tienen el control prácticamente de todo el territorio nacional, y recurrir a algunas estrategias conjuntas sobre todo en materia de investigación tecnológica, sin invadir el territorio nacional. Porque para ser honestos, no solo esta administración federal sino al menos las últimas cuatro, han sido rebasadas por estos grupos, y Michoacán es un ejemplo claro.
Estas dos decisiones marcan un desgaste de la credibilidad diplomática mexicana; por un lado se debilita la confianza de los países andinos que esperaban una interlocución más mesurada por parte de México; por otro, Estados Unidos puede interpretar el rechazo como falta de colaboración estratégica para combatir estos grupos ante la falta de acción para seguir impidiendo que las drogas ingresen a aquel país, y las armas ingresen al nuestro provenientes de nuestro vecino del norte. Esto también afecta las líneas de cooperación en materia arancelaria o de migración, sino también la capacidad de México para definir agenda regional o multilateral con margen propio.
Recuperar “terreno” exige una diplomacia que equilibre principios de cooperación, primero, México necesita reconstruir el diálogo con Perú, reconocer que la política de asilos debe calibrarse con mayor tacto y visión de largo plazo; segundo, debe quedar claro que rechazar no delega responsabilidad, en el caso del gobierno mexicano; se debe proponer una alternativa creíble para el combate al crimen organizado que no solo se base en soberanía retórica. Finalmente, la diplomacia mexicana debe presentar una estrategia de puentes de diálogo a nivel internacional de forma coherente, que incluya corresponsabilidad, no solo gestos simbólicos.