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Culturadomingo, 11 de enero de 2026

El maniquí de Patoni

El anciano dueño reveló que la figura del aparador oculta el cuerpo de su esposa que trata de escapar todas las noches

Alberto Serrato

—¿Quién lo sacó? —pregunté.

El dueño levantó la vista desde el mostrador, lleno de flaqueza y con sus ojos apagados, sin ganas de hablar porque esas ya se le andaban yendo a mejor vida.

—Pensé que había sido idea tuya, al fin los jóvenes están locos —dijo.

No me gustó la respuesta, pero al patrón jamás se le cuestiona y después de un rato volví a meter al maniquí al escaparate con cuidado; sentí estar regresando un animal a su jaula.

El viejo no dijo nada.

A mediodía, el maniquí estaba otra vez afuera. No quise pensar mucho. “Alguien lo sacó”, me dije. “Un cliente, una broma, cualquiera”, pero solo estábamos los dos en la tienda.

Le pregunté otra vez. —Quiere tomar aire, ya lo sacaste otra vez —respondió, sin sonreír.

Esa noche, al cerrar, hice algo quizá fuera de la ética: antes de bajar la cortina metálica, le tomé una foto al maniquí. Era una prueba ridícula, pero yo necesitaba algo concreto para defenderme del pensamiento que ya me andaba rondando por dentro.

Al día siguiente, el maniquí estaba en el mismo lugar que en la foto… excepto por una cosa: la cabeza. La cabeza ya no estaba inclinada. Ahora miraba directo a la puerta, como si quisiera escaparse.

Los focos del techo parpadearon. Y lo juro: no fue mi imaginación ni el reflejo del vidrio. Vi cómo el maniquí giraba la cabeza apenas. Un movimiento minúsculo, discreto, como cuando te acercas a la persona que te gusta y finge no saberlo.

—No la toques —dijo una voz detrás de mí. Era el señor Equis. Tenía la cara pálida, los ojos húmedos. En sus manos traía una bolsa de mandado y un ramo de flores marchitas.

—¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo que el aire se me escapaba.

El señor Equis miró al maniquí y su expresión se hizo confusa.

—Es mi esposa.

Me reí. Fue una risa corta, nerviosa, incrédula. Pero su cara no cambió.

—¿Cómo que… su esposa?

Yo, por fin, pude correr. Atrás, entre el ruido del metal y los focos parpadeando, escuché algo que me persigue hasta hoy: el susurro de una mujer que no estaba viva, pidiendo auxilio para liberarse de ese horrible castigo.

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