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Culturadomingo, 28 de diciembre de 2025

Más vale tarde que nunca

Ser invisible en el salón de clases detonó una promesa oscura que tardó un año en cumplirse frente a la puerta de una casa en diciembre

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Alberto Serrato

Cada año hacía lo mismo. Abría el cuaderno de la clase de Química y escribía la fecha con letra temblorosa, casi ilegible. Luego dejaba un espacio grande para escribir su propósito de Año Nuevo y también dibujarlo, porque eso no era un simple deseo, era una obsesión.

Un año más y no lo cumplía, no porque no quisiera, sino porque no podía; algo más allá de su rabia y deseo lo estacionaba en una parálisis horrible que solo él entendía.

En verano fue peor. Todos hablaban de libertad, de vacaciones, de cerveza, de drogas y de sexo en fiestas. Él solo sentía impotencia y sentimientos de fracaso. Pasaba demasiadas horas pensando y muchas noches sin dormir. El sudor en la frente le avisaba todos los días mentalmente aquello que no había hecho. Eso que no podía hacer todavía.

En otoño llegó la culpa.

El invierno dijo hola y el hielo le congeló el corazón, pero no la mente, porque pareció ser tranquila, pareció como si el frío le ordenara las ideas. Como si el mundo se callara lo suficiente para que, por fin, pudiera llevar a cabo su propósito del Año Nuevo que envejecía igual que el vino en barril de roble.

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Diciembre llegó con olor a canela y manzana. Él estaba sentado en la última fila de la clase de Química, observando el cuello de la maldita maestra. La forma en que el cabello le rozaba la piel era la misma en la que tendría que rozársela con el cuchillo que todo el año lo acompañó a clases en lo más hondo de su mochila.

Ella nunca le gritó directamente. Nunca lo insultó. Nunca lo tocó, nunca lo miró y quizá ese fue el error: nunca haberlo mirado más allá del pupitre.

Él era invisible para ella y ese era el conflicto, ese era el problema… ese era el causante del propósito.

Invisible… Esa palabra se le clavó durante todo el año.

La noche del 31 de diciembre volvió a abrir el cuaderno. Esta vez no temblaba. Esta vez no dudó. No escribió el propósito, porque no hacía falta. Lo conocía de memoria desde dos años atrás.

Solo escribió la fecha: 1 de enero de 2026.

Cuando dieron las doce de la noche, estaba parado frente a la puerta de la casa de la maestra con el cuchillo escondido en su espalda baja. Vio su silueta en la cocina y timbró.

Por primera vez en todo el año, sí podía cumplirlo, porque algunos propósitos no se escriben para cambiar la vida, sino para arrancarla.

Cuando su maestra abrió la puerta, él se abalanzó y por fin cumplía su propósito de Año Nuevo.

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