Más vale tarde que nunca
Ser invisible en el salón de clases detonó una promesa oscura que tardó un año en cumplirse frente a la puerta de una casa en diciembre
Alberto Serrato
Un año más y no lo cumplía, no porque no quisiera, sino porque no podía; algo más allá de su rabia y deseo lo estacionaba en una parálisis horrible que solo él entendía.
En otoño llegó la culpa.
Ella nunca le gritó directamente. Nunca lo insultó. Nunca lo tocó, nunca lo miró y quizá ese fue el error: nunca haberlo mirado más allá del pupitre.
Él era invisible para ella y ese era el conflicto, ese era el problema… ese era el causante del propósito.
Invisible… Esa palabra se le clavó durante todo el año.
La noche del 31 de diciembre volvió a abrir el cuaderno. Esta vez no temblaba. Esta vez no dudó. No escribió el propósito, porque no hacía falta. Lo conocía de memoria desde dos años atrás.
Solo escribió la fecha: 1 de enero de 2026.
Cuando dieron las doce de la noche, estaba parado frente a la puerta de la casa de la maestra con el cuchillo escondido en su espalda baja. Vio su silueta en la cocina y timbró.
Por primera vez en todo el año, sí podía cumplirlo, porque algunos propósitos no se escriben para cambiar la vida, sino para arrancarla.
Cuando su maestra abrió la puerta, él se abalanzó y por fin cumplía su propósito de Año Nuevo.




























