Culturadomingo, 11 de mayo de 2025
El enano carnicero de las Alamedas
¿Alguna vez han visto el fantasma de un enano en las alamedas? Fernando casi se vuelve loco cuando tuvo el espantoso encuentro

Alberto Serrato
¿Alguna vez han visto el fantasma de un enano en las alamedas? Quizá ustedes no, pero Fernando casi se vuelve loco cuando tuvo el espantoso encuentro y más aún cuando su madre le contó la leyenda sangrienta que ahí se dio a principios de siglo en el estado de Durango.
Fernando tiene 19 años, estudia medicina y se había quedado a terminar unos ensayos que le habían solicitado para entregar impresos los primeros días de mayo de este año. Él recuerda lo ocurrido hace casi tres semanas y aún siente que su lengua se queda pegada al paladar, pues todavía puede sentir la presencia de esa entidad cuando se va a dormir, incluso ha llegado a pensar que ese fantasma se fue con él a casa, pero trata de resolverlo con la razón y no con la emoción del miedo, por lo que asume que es parte de la sugestión.
Eran las 7:30 de la tarde, todos sus compañeros se habían ido a un bar ubicado en el cerro de los remedios, pero él no. Su decisión fue quedarse para terminar el ensayo médico de uno de tantos maestros que ya lo tenían cansado, estresado y desesperado, y, es que si no entregaba ese trabajo impreso para el día siguiente a las 8:00 de la mañana, el acceso a la evaluación del cierre de mes, sería un hecho ocurrido solo dentro de sus más dulces sueños. Como pudo terminó, cerró el archivo, lo mandó a una memoria para imprimirlo en la papelería, guardó su computadora en la mochila y salió de los salones. La escuela aún no era gobernada por el silencio, pero si por el andar cansado y monótono de los maestros y alumnos. Todos caminaban ya con desgano, con deseo de descansar, de cenar o mínimo de estar en otro techo que no fuese el de la facultad de medicina. Atravesó los pasillos, llegó a la salida de avenida universidad y luego a la papelería, imprimió el bendito ensayo, lo guardó en una carpeta que ahí mismo compró, cruzó la calle y se enfiló a caminar por un costado de la biblioteca pública que conecta con el paseo de las alamedas. Caminó casi a la altura de la calle Belisario Domínguez y se paró a descansar. El sol casi se escondía, el bullicio poco a poco se apagaba en el boulevard, el aire se le antojó fresco y apto como para sentarse a un lado de una de las estatuas de bronce colocadas años atrás en el corredor de las alamedas. Le vino en mente darle unas buenas caladas a un vapeador de frambuesa que había comprado de forma ilegal a las afueras de la facultad en días pasados. Según él, no tenía nicotina, pero cada que lo fumaba sentía una excitación y deseos de convertirse en locomotora para estar todo el santo día echando humo tropical, porque algo había en ese dispositivo que era adictivo y enfermizamente rico. Fernando sintió hormigas en las manos y se sentó al lado de una estatua de bronce con forma de hombre, la vio un par de segundos, la antojó más descuidada que un año atrás y más llena de sarro que un baño público. Eso no le importó a Fernando, se sentó a su lado, le dio dos palmaditas en la pierna y se dispuso a vapear sin importarle el paso del mundo.
Por un momento se dispuso a cerrar los ojos y a vapear como si no hubiera un mañana, su uniforme blanco lo hacía ver como un paciente del psiquiátrico o al menos como un chiquillo desmedido por la forma descarriada en la que succionaba el vapor de ese cochinero, pero eso tampoco le importó porque lo único que había en su mente era el sabor a frambuesa que poco a poco lo hacía sentir extasiado, con motivación y lleno de una euforia similar a la que sentía cuando su madre le compraba cartuchos del Nintendo DS en el tianguis la pulga. Le dio tres caladas profundas y en la cuarta sintió que ya no hubo sabor, ni densidad. El vapor había perdido sus propiedades. Fernando abrió los ojos y vio que al final de su dañino dispositivo había una luz roja encendida, era el indicador de que ya estaba vacío, sintió algo parecido a la ansiedad, se talló la cara, vio el reloj y las manecillas marcaban las 11:30 de la noche, ya no había donde recargarlo. El tiempo, al igual que su nuevo vicio, se habían esfumado.
Se resignó, se despidió del hombre de bronce y éste pareció dibujarle una sonrisa, Fernando caminó en dirección al puente que cruza al barrio de Analco. El tiempo había hecho lo suyo y la alameda se encontraba en silencio casi total, y digo “casi”, porque a lo lejos podía escucharse una desagradable “narco-música”, proveniente de algún carro viejo con un sonido más costoso que el carro mismo. Las lámparas públicas lo amparaban un poco ante la oscuridad de la noche, pero no por mucho tiempo porque cuando puso el primer pie en el escalón del puente, un sentimiento negro cobijó su corazón. No fue necesario un apagón para desarrollar la escena de horror, porque a pesar de estar todas las lámparas encendidas, el sentimiento inyectado en su cabeza, lo hizo sentir el peor de los vacíos alguna vez registrados en sus recuerdos.
La música dejó de escucharse, quizá solo en sus oídos y una frecuencia baja parecida a las de las películas de horror, le retumbó en el pecho. Todo su mundo se fue a fragmentos de cámara lenta y a lo lejos, detrás de unos arbustos, pudo ver la silueta protagonista de este relato. Fernando frunció el ceño, tal vez un perro le estaba haciendo una mala jugada, a diferencia de que los perros caminan en cuatro patas y esa silueta lo hacía en dos. Era un niño a lo mejor, a diferencia de que los niños no tienen complexión ancha como la de un adulto. Su mente reconfiguró la idea de la silueta y su pensamiento concluyó en que era un enano, si, si, si, era un enano, pero encontró una deficiencia en su lógica: los enanos no flotan.
La pequeña figurita se despegó unos cuarenta centímetros del piso y avanzó hacia donde se encontraba el pobre chico, quien ya estaba a punto de teñir de ámbar su pantalón médico. Fernando abrió los ojos tan grandes como su deseo –imposible– de cerrarlos y pudo ver que la silueta tenía carne pálida, hueso y en los muslos, unos cortes tan perfectos como los que le haría el mejor carnicero a una res. Exhaló lleno de miedo, se inclinó, sintió un vaguido, después vomitó y luego sintió un malestar que nunca había tenido en la vida. Cuando se irguió de nueva cuenta, el enano estaba frente a él.
–A mí me mataron, tú te estás matando con esa mierda. – Dijo con una voz espectral y resonante que nunca salió de su boca. La pequeña entidad materializada, tenía una calva llena de caspa, llevaba un mandil de carnicero muy viejo y con aplicaciones en cuero. En toda la piel tenía heridas de cuchillo, pero no salía sangre de ellas, porque ya estaban encostradas y putrefactas. Después de haber terminado la frase, el enano señaló el vapeador, lanzándole un rayo color violeta y destellante, éste se calentó como alguna piedra del infierno y a pesar de eso, Fernando se aferró a él como un adicto lo haría a las anfetaminas y antes de salir corriendo, la horrible música proveniente del posible Tsuru II 1995 con rines 18, volvió a entrar en los oídos de Fernando, eso lo devolvió a la realidad, porque el enano ya no estaba por ningún lado.
En menos de cuatro minutos el malaventurado ya estaba golpeando la puerta de su casa, con desesperación y llanto, los oficiales de una patrulla que por ahí pasaba en la calle Juan E. García, se bajaron a controlar la situación, en realidad el morbo los había motivado a bajar de la unidad policiaca, porque ya cuando su madre le abrió la puerta al chico, ellos se burlaron y se marcharon. Fernando entró titiritando, tenía los ojos llenos de pánico, no pudo expresar palabras durante un buen tiempo, hasta que después de un té de siete azares, logró contarle lo ocurrido a su madre, quién se quedó pensando llena de horror en la leyenda del enano carnicero de las Alamedas que en la próxima edición se las contaré a detalle.