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Culturadomingo, 12 de abril de 2026

El oso de Felpa

No todo lo que nos regala felicidad es benévolo. En ocasiones nos puede matar

Alberto Serrato

El oso estaba terminado y listo para convertirse en el obsequio de una niña, hija de un hombre que en años anteriores había adquirido algunos ejemplares para revender en una tienda de regalos, fracasada después de la pandemia.

La mujer lo puso sobre la mesa y se sintió como Geppetto después de haber terminado a Pinocho. No podía apagar la sonrisa y sus dientes seguían asomándose siniestros y chuecos en medio de la negrura de la noche.

La noche pasó rápido y cuando despertó, lo único que tuvo en mente fue el oso con sus ojos de botón observándola con ese aspecto sonriente.

Se levantó como pudo y caminó renqueando hasta la mesa donde había dejado al oso la noche anterior.

El revendedor lo tomó, lo aventó al asiento trasero y le pagó con un billete de Sor Juana.

—A tu hija le encantará, espero que este no lo vendas en quinientos pesos.

—No tenga cuidado doña Elena, este si es para mi hija, hoy cumple siete años y siempre ha querido un oso de felpa.

Su padre apagó la luz, cerró la puerta y la madrugada avanzó sin que nada pareciera fuera de lugar. Algo sucedió. El oso cambió.

No fue un movimiento brusco ni algo que pudiera despertarla. Fue una presión distinta sobre su pecho, apenas perceptible, como si el relleno se ajustara como el memorie Foam.

La tela del hocico se tensó poco a poco y los ojos de botón dejaron de reflejar la escasa luz que entraba por la ventana. La felpa comenzó a ceder.

Primero de manera casi imperceptible. Luego lo suficiente.

De entre las costuras empezaron a asomarse dientes amarillos y torcidos, demasiado humanos para pertenecer a un juguete. El cuerpo del oso se encorvó sobre la niña y se deformó con lentitud, como si el puto oso fuera un anciano que en la madrugada se levanta a orinar.

La tela se estiró hasta que ya no y se reventó. Cuando terminó de acomodarse, sobre la cama ya no había un oso.Era la anciana.

Se inclinó sobre la niña sin hacer ruido, con la misma sonrisa torcida y la lengua blanca escondida detrás de los dientes. No hubo gritos ni lucha. La niña no despertó. Solo dejó escapar un suspiro largo que no regresó.

A la mañana siguiente, la casa despertó con normalidad. La madre abrió la puerta con cuidado, pensando que su hija seguía dormida. La encontró en la misma posición, con los brazos cerrados como si aún abrazara algo, pero con los ojos abiertos.

La piel estaba fría, sin vida. No había señales de sufrimiento ni de dolor.

Solo una quietud que solo se observa en los muertos.

Luego volvió a la mesa de trabajo. Abrió la caja donde guardaba los moldes y eligió uno sin pensarlo demasiado. Aún tenía tiempo para fabricar el siguiente oso.

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