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Rafflesia hasseltii, una de las flores más raras y enigmáticas del planeta, pertenece a ese mundo en el que lo vivo se esconde dentro de lo vivo y quizá por eso, cuando un equipo de biólogos de la Universidad de Oxford la encontró después de trece años de búsqueda, ninguno pudo contener las lágrimas de la emoción dado que por su naturaleza es difícil de encontrar.
Rafflesia no se comporta como una planta convencional, ya que carece de hojas, tallo y raíces; no realiza fotosíntesis ni asciende hacia la luz, y su vida ocurre enterrada dentro de una vid del género Tetrastigma, a la que parasita. Desde ahí, oculta en un laberinto de tejidos ajenos, Rafflesia permanece meses, a veces años, hasta que, por unos breves días al año, emerge la flor roja, carnosa y monumental que ha inspirado leyendas.
Rafflesia se caracteriza por un olor a carne en descomposición, lo que provoca la atracción de moscas polinizadoras, puede alcanzar un diámetro que puede superar los 60 centímetros y una vez transcurridos entre 3 y 7 días después de su floración, se marchita y desaparece, como si nunca hubiese existido. De ahí que los científicos empleen la frase “los tigres la ven más que las personas”, ya que para encontrar esta planta es un proceso complejo y las señales que permiten identificar su presencia en las plantas hospederas son casi imperceptibles.
Entre las señales que permiten dar indicios de la parasitación por parte de Rafflesia en vides del género Tetrastigma, se encuentran inflamaciones en la madera, protuberancias microscópicas, cambios en la textura del hospedante, hojas palmeadas, zarcillos que se enroscan y tallos pubescentes.
La ciencia detrás de esta flor es tan fascinante como su singularidad; estudios recientes han revelado que Rafflesia es un ejemplo extremo de evolución reductiva ya que su genoma ha perdido casi todos los genes asociados a la fotosíntesis y depende completamente de Tetrastigma para nutrirse de tal manera que pareciera que es una planta que renunció a ser planta. Este tipo de vida oculta como la de Rafflesia, conecta de manera sutil con otras temáticas contemporáneas como la biosonificación, de la que hablábamos en la columna anterior, ya que al igual que otros organismos, emite señales y aunque difícil de instrumentar, pertenece a ese mismo universo donde lo esencial ocurre fuera de nuestra vista, en un plano casi secreto.
Por otra parte y, de un modo inesperado, también este tema posee un hilo sutil con la sensibilidad del Día de Muertos, ya que aunque Rafflesia no posee ni es empleada en ningún tipo de ritual, nos recuerda que la vida persiste en los lugares más improbables, que hay belleza en lo efímero y que la existencia puede depender de vínculos invisibles, como los que un altar honra cada año y así como las flores guían a las almas, la Rafflesia nos guía hacia una comprensión más profunda de la fragilidad del mundo natural.
Ahora bien, otro aspecto importante mencionar es que la deforestación en Sumatra (lugar del que Rafflesia es endémica, es decir, no se encuentra en otra parte del planeta), la expansión agrícola y la fragmentación del bosque ha colocado a esta especie y al ecosistema entero del que depende en peligro crítico, por lo tanto, se han creado grupos internacionales de conservación, programas educativos comunitarios y estudios biotecnológicos que exploran injertos y cultivos in vitro para garantizar su prevalencia, no obstante, la replicación del ciclo parasitario de esta especie sigue siendo un desafío mayúsculo.
Volviendo al inicio y en función de lo que hemos hablado, quizá por eso la emoción de los biólogos resulta tan comprensible al encontrar una Rafflesia, ya que significa presenciar un milagro biológico que podría no repetirse tan frecuentemente; es mirar, por un instante, la compleja trama de la vida en su forma más frágil y, al mismo tiempo, más poderosa.