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Nos encontramos iniciando el mes de febrero y para ponernos ‘ad hoc’, hablar de amor romántico suele activar imágenes de intensidad, destino, plenitud y promesas de permanencia, sin embargo, cuando observamos el amor desde la biología, la historia se vuelve más compleja, menos idealizada y, paradójicamente, más humana. Desde el cerebro, el enamoramiento inicial no es un estado de calma, sino de activación, ya que en sus primeras fases, el amor romántico se parece más a un estado de motivación intensa que a un vínculo estable.
La dopamina, neurotransmisor asociado al deseo, la búsqueda y la recompensa, se libera en grandes cantidades, generando euforia, hiperfocalización en la otra persona y una sensación de urgencia emocional; de ahí que no sea casualidad que pensemos constantemente en quien nos atrae ni que todo lo demás pierda relevancia, ya que ante este escenario, el cerebro está priorizando.
A este cóctel se suman la noradrenalina y la disminución de serotonina, lo que explica la energía elevada, la dificultad para dormir, la pérdida de apetito y también la tendencia a idealizar; cuando la serotonina baja, el pensamiento se vuelve más repetitivo y menos crítico, por lo tanto y en términos simples, el cerebro enamorado filtra la información de forma selectiva exagerando virtudes, minimizando señales de alerta y construyendo narrativas que refuerzan la conexión.
Desde esta perspectiva, idealizar no es un fallo moral ni falta de inteligencia emocional, sino que es un fenómeno neurobiológico, ya que el cerebro enamorado no busca evaluar, busca vincular; sin embargo, el problema aparece cuando confundimos este estado transitorio con una verdad absoluta sobre la relación o sobre la persona y le exigimos al vínculo que se sostenga indefinidamente con la misma intensidad química del inicio. Con el paso del tiempo, si la relación continúa, el cerebro comienza a transitar hacia otro tipo de procesos: la dopamina disminuye y cobran mayor relevancia la oxitocina y la vasopresina, hormonas asociadas al apego, la confianza y la estabilidad, lo que comienza a derivar en que el amor deje de sentirse vertiginoso y empieza a sentirse más seguro, más cotidiano y es justo en este punto donde muchas narrativas románticas entran en conflicto con la biología.
Culturalmente se nos ha enseñado que si el amor ya no “se siente igual” que al inicio, algo se perdió, lo cual no es del todo verdad; lo que biológicamente ocurre es un cambio de fase en la que el cerebro deja de vivir en alerta de conquista y comienza a priorizar regulación, cooperación y previsibilidad. No es menos amor, es otro tipo de vínculo, más estable, en teoría más maduro y en donde se construye en verdad el amor.
Algo importante a tomar en consideración es que el cerebro ama desde su historia; las experiencias previas de apego, cuidado o abandono moldean la forma en que nos vinculamos, de tal manera que muchas de las dinámicas que atribuimos al “amor” tienen más que ver con patrones aprendidos que con compatibilidad real.
De ahí que entender el amor desde la biología no nos vuelve fríos ni mecánicos, al contrario, nos permite desromantizar el sufrimiento innecesario, cuestionar expectativas poco realistas y comprender que es un proceso dinámico que involucra cuerpo, historia, contexto y decisiones conscientes.
Tal vez el mayor mito del amor romántico no sea idealizar al otro, sino creer que amar debería ser fácil. Biológicamente, amar implica regular emociones, tolerar la incertidumbre, ajustar expectativas y entender que no toda intensidad construye ni toda calma es superficial. Resignificar el amor no es sentir menos, sino comprender lo que ocurre en el cuerpo y el cerebro para dejar de exigirle al vínculo que nos salve y permitir que realmente nos sostenga.