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Continuando con la línea del inicio de año y la avalancha de propósitos que ponemos sobre la mesa y lo que ello conlleva (cambiar hábitos, ser constantes, tener disciplina), en las conversaciones cotidianas o en el contenido que consumimos en medios de comunicación o redes sociales, hay un mensaje que se repite con una ligereza peligrosa: “si de verdad quieres, puedes”.
Sin embargo, en el marco del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, el cual se conmemoró el martes pasado, conviene detenernos a preguntarnos algo más incómodo y más humano: ¿qué pasa cuando el cerebro simplemente no puede motivarse? Durante años se ha romantizado la dopamina como la hormona de la felicidad, no obstante, su función se centra en la regulación de la expectativa, la motivación y la capacidad de iniciar una acción, dicho de otra manera, es el sistema que le dice al cerebro que vale la pena levantarse, empezar, intentar y cuando este sistema funciona bien, la idea de un beneficio futuro es suficiente para poner el cuerpo en movimiento pero cuando se altera, como ocurre en la depresión, incluso las tareas más simples se sienten pesadas, lejanas o inútiles.
Uno de los síntomas menos comprendidos de la depresión no es la tristeza, sino la apatía; no se trata de falta de ganas ni de pereza, sino de una disfunción neurobiológica real: el circuito que conecta esfuerzo con recompensa deja de responder. De ahí que decirle a una persona deprimida que “le eche ganas” o “ánimo” (que va de paso compartirles que son expresiones que nunca me han sido gratas) no solo es injusto, es biológicamente absurdo.
En este contexto aparece una confusión frecuente entre dopamina y disciplina; se suele pensar que la disciplina es una versión más dura de la motivación, una cuestión de carácter o de fuerza de voluntad, pero desde la neurociencia, la disciplina cumple la función de actuar como una estructura externa cuando la química interna no alcanza. No exige entusiasmo, sino sostén.
Cuando el sistema dopaminérgico está deprimido, el cerebro no responde a promesas futuras ni a recompensas grandes; en cambio, sí puede responder, aunque paulatinamente, a la repetición de acciones pequeñas, previsibles y estables, no porque resulten placenteras, sino porque crean senderos neuronales que no dependen del estado de ánimo del día y en estos casos, la disciplina no es castigo ni rigidez, es un andamio.
Hay ciertas acciones como el caminar unos minutos, levantarse a la misma hora, exponerse a la luz del día, comer aunque no haya apetito, escribir una línea, cumplir una tarea mínima, que si bien no se sienten sumamente transcendentes, a nivel cerebral, son microintervenciones que envían una señal clara de que hay estructura y con el tiempo, puede ayudar a reactivar un sistema dopaminérgico apagado.
Por otra parte, la cultura de la motivación constante también resulta peligrosa ya que vivimos rodeados de estímulos y mensajes, sobre todo a través de las redes sociales, que exaltan la emoción, la energía y el entusiasmo como motores del cambio, pero la biología es ‘menos’ espectacular y más honesta: el cambio sostenido rara vez se apoya en la emoción ya que en realidad se apoya en la repetición, en la previsibilidad y en el acompañamiento.
Hablar de disciplina en el contexto de la depresión no significa exigir más, sino exigir distinto; significa dejar de pedirle al cerebro lo que no puede dar en ese momento y ofrecerle condiciones para recuperarse. En el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, quizá valga la pena replantear nuestros discursos sobre el cambio y acompañar esos procesos implica algo más que frases motivacionales ya que cuando la motivación no aparece, la disciplina puede ser un acto de cuidado; no para producir más, no para cumplir expectativas ajenas, sino para sostener la vida mientras el cerebro vuelve, poco a poco, a encontrar sentido en avanzar.