Sin medias tintas
Historias de Uber (III)
Eran las 7 de la tarde y don Ramón iniciaba su turno de ese jueves de finales de julio.
Estaba pronosticado que llovería ese día, o al menos eso decían los meteorólogos. Había casi un 70 % de posibilidades de lluvia.
Tan pronto como encendió su aplicación de Uber para dar inicio a su jornada, le llegó una petición de viaje.
Ramón vio Uber como una alternativa a su desempleo. Había trabajado en una de las grandes cadenas de supermercados instaladas en Hermosillo, y después de 24 años de servicio en puestos gerenciales, la empresa decidió que ya no lo requería más.
La petición del viaje estaba a 4 minutos de donde se encontraba, así que tomó hacia el Norte por el bulevar Quiroga.
Mientras conducía encendió la radio y puso su música favorita.
Jorge resultó ser un joven de unos 25 años, de pocas palabras, que durante todo el viaje venía ensimismado en su celular. Sólo dijo “buenas noches” cuando se subió, y “adiós” al momento de bajarse.
Por la cantidad de agua que caía, Ramón se dio cuenta de que no era una lluvia como las de otros días que ya se habían presentado en Hermosillo, así que optó por permanecer en partes altas donde los afluentes no son tan peligrosas.
Decidió regresar por rumbos de su casa, tomando el bulevar López Portillo que, si bien también se veía algo lleno de agua, estaba más transitable.
No había avanzado ni 1 kilómetro cuando otra petición llegó al celular; esta vez sin destino marcado.
Se hallaba a 5 minutos, pero para llegar tenía que tomar de nuevo hacia el Norte.
Nada lo preparó para lo que habría de vivir.
Tan pronto como viró al Norte, fuertes ráfagas de viento se dejaron venir.
Todas las calles eran como ríos, y muchos vehículos se veían estacionados con las luces de emergencia encendidas.
Por prudencia, más que por falta de caballerosidad, Ramón no se bajó a abrirles la puerta. Al ingresar, una de ellas se quejaba mientras respiraba con dificultad y se reclinó en el asiento.
Mientras la otra mujer daba la vuelta para ingresar por el otro lado, Ramón notó la urgencia: estaba en labor de parto.
“Cuatro cuadras más y a la derecha en la cuarta casa”, le dijo la señora. En ese momento un estruendo rompió el fuerte sonido de la lluvia y todo quedó absolutamente a oscuras. Sólo la luz de los faros del auto permitían ver algo al frente.
Como pudo, Ramón se orientó, giró a la derecha en la calle y avanzó con dificultad por una calle no pavimentada. En la cuarta casa solo se veía una cerca vieja de tablas de madera y un pedazo de lámina, con una casa al fondo; pero ahí se detuvo.
La mujer se bajó corriendo para ayudar a su hija, que gritaba con más fuerza. Al momento de salir se le rompió la fuente, y avanzaron hacia la cerca.
Ramón dio reversa a su auto para iluminarles el camino hacia la casa; pero ellas ya no estaban.
Nunca se supo lo que pasó esa noche.
















