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Análisisdomingo, 2 de septiembre de 2018

Watergate |Lavando su imagen

Enrique Peña Nieto el desmemoriado. Enrique Peña Nieto el ingenuo. Enrique Peña Nieto el que no supo ser un gran presidente de México.

Así podría resumirse la serie de mea culpas que el aún presidente Enrique Peña Nieto trata de lavar con la serie de entrevistas autoexculpatorias, que últimamente nos regala en los medios de comunicación.

A manera de despedida, el saliente Presidente se confiesa y explica a su manera lo que fue su sexenio.

Un sexenio que inició con las mal altas expectativas y que culmina en medio de la más grande desaprobación popular que se tenga de presidente alguno en la historia de las mediciones presidenciales en nuestro país.

Su manera de arribar al poder con la fanfarria de la vieja presidencia imperial priista, lo hizo recuperar el brillo de las formas y símbolos que los presidentes de antaño tanto gustaban y privilegiaban.

Su toma de protesta aquel primero de diciembre de 2012, parecía más el protocolo de un monarca llegado del reino de Atlacomulco que el de un presidente de una República llena de problemas y congestionada de desigualdades y excesos.

El Pacto por México lo hizo lograr lo que ni los ex presidentes Vicente Fox ni Felipe Calderón habían logrado: un gran acuerdo de reformas estructurales de gran calado con el cual se le cambiara la piel y hasta el ADN a México.

Su prometedor comienzo le ganó las portadas de las publicaciones del momento. El mexican moment era de y por Enrique Peña Nieto. Parecía que sería el gran presidente que deseaba ser.

Pero la realidad fue más grande que sus talentos y capacidades, y acabó en el despeñadero de la historia.

Acabó retratado de cuerpo entero.

Morena no lo convalidó y acabó siendo la única oposición al sistema en que se podía confiar por parte de aquellos que no vieron beneficios en el cambio de paradigma en energías, telecomunicaciones, educación y la nueva legislación laboral sobre todo.

Se dejó secuestrar por el que acabó siendo su respectivo conde de Olivares: Luis Videgaray Caso. El delfín Aurelio Nuño llegó después para obnubilarle y aislarlo de la realidad que en las calles se vivía.

Sólo él es el culpable de haber sido un rey desnudo que soñó ser un gran monarca y no darse cuenta de que caminaba desnudo en la arena de la política y su disminuido gobierno.

Tuvo aciertos. El número de capos del narcotráfico puestos tras prisión y extraditados lo avalan. Después de eso, escasos los logros, raquíticos los triunfos.

Pero al final perdió las elecciones con su candidato José Antonio Meade que ni fue ciudadano ni fue un candidato adoptado por el PRI.

Ese PRI al que tanto utilizó y al que ahora pretende sugerirle que cambie hasta de nombre y colores. Amnesia o cinismo de su parte.

La historia juzgará a este nuevo solitario de palacio, que ahora trata de lavar su imagen.

Se le olvida al presidente Enrique Peña Nieto que la historia juzga y absuelve sólo a los que supieron rectificar y gobernar con pulso, carácter y convicción. A los que no, los envía al paredón del olvido o a las mazmorras de la indiferencia.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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