Watergate | Desplazados y agraviados
Ha habido en la historia reciente de México, tres grandes olas políticas que ocasionaron a la vez que rupturas y desplazamientos, generaron repliegues, fusiones y reacomodos que vienen a cuento a 15 días de la victoria de la ola obradoriana en las pasadas elecciones.
Guardadas las proporciones y características que las hacen únicas, estos anteriores temblores en el mar de nuestras sucesiones presidenciales serían las que acontecieron al término de las luchas de 1911, 1940 y 1988 respectivamente.
La victoria maderista signada en el Tratado de Ciudad Juárez, devino en la victoria de unos y en el exilio de otros.
Para 1940, las tensiones del reformismo llevado a cabo por Lázaro Cárdenas tenían al país a punto de una nueva guerra civil.
De esa amalgama perdedora, se consolidó el Partido Acción Nacional que ya no dejaría la escena como la principal aunque testimonial oposición electoral en las próximas décadas.
Para los años ochenta el marco fue el de un escenario mundial de democratizaciones y la gran crisis económica heredada desde el echeverriato y agravada durante la administración de José López Portillo (1976-1982).
Abanderados por el hijo del general, con Cuauhtémoc Cárdenas se gestó la última gran rebeldía al interior del PRI. Desde entonces no ha habido sino fracturas, omisiones, negligencias y traiciones en mucha de la familia priista.
El perredismo surgido de aquel movimiento, fue marginado y combatido. Se había roto la práctica del reciclaje atemperador que tan buenos resultados le había arrojado al régimen.













