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Análisisviernes, 5 de octubre de 2018

Watergate | Lo que nos dejó el 68

Los hechos aún manoseados y hechos hasta una industria por los que se han servido de él, son por todos conocidos, Manifestaciones estudiantiles, diálogos truncos con el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, polarización social, represión y matanza.

Nunca se sabrá a ciencia cierta cuántos murieron en esa noche triste. Lo que sí ha sabido siempre es que ese día murieron muchas cosas en el país.

Murió el arreglo político que había traído la paz social al país desde la última revuelta armada en México, la de Saturnino Cedillo en San Luis Potosí contra el gobierno cardenista.

Habían existido a lo largo del siglo XX mexicano, guerrillas y movimientos más o menos violentos, pero no repetido una insurgencia como al del cacique potosino precursor de otro cacique potosino, Gonzalo N. Santos.

Murió la sacralización del titular del Presidente de la República. Nunca antes se había ofendido ni descalificado a ningún otro presidente como lo fue Díaz Ordaz.

Murió la pasividad de muchos mexicanos que por décadas se habían plegado a dejarse arbitrar en lo político por el viejo régimen pos revolucionario.

El 68 nos enseña que el poder sin contrapesos es un poder sin anticuerpos que lo moderen, lo equilibren, lo humanicen.

México es uno antes y otro después de Tlatelolco, Pero sobre todo México es México por Tlatelolco.

No se han extinguido del todo, las pulsaciones autoritarias, el respeto a los derechos humanos, la inclusión de los que protestan, el desprecio de los que gobiernan, la miopía que excluye y el fundamentalismo de los que se creen con causa pero no saben lo que es un credo.

Cincuenta años de lo acontecido ese 2 de octubre en Tlatelolco, A veces parece que no hemos aprendido nada.

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