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El pasado fin de semana fuimos testigos de una marcha multitudinaria encabezada aparentemente por miembros de la llamada “Generación Z”, sin embargo, entre acusaciones oficiales y deslindes de grupos en redes sociales pertenecientes a este grupo etario, se sabe que la movilización fue de una u otra manera atajada por grupos partidistas, políticos y facciones de movimientos que poco o nada tienen que ver con estos jóvenes que, de alguna manera han hecho manifiesto su enojo por medidas que toma la sociedad en general y particularmente los gobiernos que los apartan y los clasifican de forma errónea como si formar parte de una generación fuera producto de una homogeneidad astrológica.
La generación Z es aquella formada por personas nacidas entre 1995 y 2010, es decir, actualmente se encuentran entre los 15 y 30 años de edad y, más allá de que la diferenciación es evidente por los contextos, los géneros, las circunstancias de vida, las regiones y muchas otras más que nos forman socialmente, comparten aspectos similares productos de la época que les ha tocado vivir en lo social respecto de sus antecesores.
Desde luego que hay diferencias marcadas en regiones respecto la accesibilidad, pero en general, las y los miembros de esta generación se desenvuelven en un entorno hiperconectado a través de los recursos digitales y las plataformas sociales en donde la interacción ya no es cara a cara sino a distancia a través de las herramientas que les da la tecnología propiciando un amalgamamiento que no precisamente redunda en reuniones multitudinarias. Saben vivir dentro de la tecnología y, lejos de lo que se pudiera pensar, tienen más consciente los riesgos que ello conlleva.
Pero también son una generación preocupada por el bienestar, sobre todo el emocional que la generación anterior había abandonado en pos de un futuro mejor que nunca llegó y que les dejó secuelas en su salud. Saben que el equilibrio laboral con la vida personal es fundamental para vivir en paz, es por ello que las relaciones jerárquicas y el éxito basado exclusivamente en lo material no va con ellos.
Y también, hay que decirlo, han desarrollado una conciencia social más profunda de lo que podría indicar su apego a los dispositivos tecnológicos que aparentemente los aíslan. Su preocupación por el medio ambiente, la empatía por los animales y la sincronía con otras personas que pasan por momentos difíciles los hacen seres humanos más conectados en lo emocional y ello es lo que propicia un entorno de crítica profunda, de valores dentro de su rango y de una organización que, más allá de su participación o no en la marcha, ponen a pensar a cualquier administración.
Si bien su activación el fin de semana pasado es cuestionable, la realidad es que sí tienen puntos muy claros a destacar en sus peticiones, los cuales se reducen a mayor transparencia, la urgencia de seguridad para ellos y la comunidad en general y, prácticamente, la separación de los partidos políticos de las esferas de decisión que les corresponden a la sociedad.
Y sí, en la marcha se reivindicaron algunas de esas propuestas, pero lo que resulta más emblemáticos es que una generación que se basa en simbolismos y en un discurso más pacifistas sufrió de violencia por parte de algunos miembros de seguridad y generó violencia de parte de algunos de ellos a los que no se puede generalizar. La marcha no es el movimiento, el movimiento está en las conciencias de esos jóvenes que reclaman una necesidad de volver al tejido social, la reconciliación y el desligue de la corrupción en las decisiones que nos competen a todos, sobre todo cuando han visto cómo de todas las opciones políticas no se han sacado buenos dividendos sociales.