La gente que duda —dicen— que suelen tener razón. Y yo no sé ustedes, pero yo he dudado hasta del menú del restaurante como si mi destino dependiera de elegir entre salmón o rib eye. Eso sí, hay algo en lo que jamás dudo: el postre. Porque una cosa es ser reflexiva… y otra muy distinta es sabotear la felicidad.
Dudar, en pequeñas dosis, es un arte elegante. Es ese espacio incómodo donde la vida te susurra: “piensa, observa, no te creas todo”. Pero también puede convertirse en una especie de deporte olímpico donde competimos por ver quién posterga más decisiones importantes mientras reorganiza el cajón de los calcetines (sí, otra vez).
En medio de estas dudas existenciales —y gastronómicas— aparece una generación que camina con una “M” de merecimiento tatuada en la frente. No todos, claro, pero sí varios. Una “M” que dice: lo merezco todo, pero que curiosamente no siempre viene acompañada de la “E” de esfuerzo o la “C” de constancia. Y entonces sucede algo fascinante: se pierde la capacidad de escuchar, especialmente cuando quien habla tiene kilómetros recorridos en el alma.
Porque escuchar de verdad implica humildad, implica reconocer que alguien más ya cayó en ese hoyo donde tú, apenas estás asomando la cabeza. Pero no, a veces preferimos pensar que el mundo empieza con nosotros, como si fuéramos la versión beta de la humanidad… mejorada, así, se presenta la parte seria disfrazada de broma: la historia más importante no es la que viviste… es la que te cuentas sobre lo que viviste, es esa voz interna, a veces dramática, a veces inspiradora, a veces medio tóxica pero es la verdadera narradora de tu vida. Y lo interesante es que muchas de esas historias ni siquiera son nuestras. Nos las heredaron. Nos las dijeron. Nos las repitieron tanto que un día despertamos creyendo que eran verdad. “Eso no es para ti.”, “Tú no puedes.”, “La vida es difícil.”, “Hay que conformarse.” Y vamos caminando con un guión aprendido que ni siquiera escribimos, dudando de nosotros… pero creyendo sin cuestionar todo lo demás.
De repente, un día —si tenemos suerte— algo se rompe. O mejor dicho, algo se despierta y empezamos a reescribir la historia con el corazón y el cerebro, cuando estos se ponen de acuerdo (milagro más raro que encontrar estacionamiento en hora pico), ocurre algo poderoso: dejamos de sobrevivir y empezamos a dirigir nuestra vida.
Y entra una idea que parece simple, pero no lo es: existe una inteligencia dentro de nosotros llamada Dios, energía, vida, universo o como se le quiera llamar, pero está y es la que late, la que repara, la que sana, la que insiste para llegar a donde debes, a través de “sanaciones espontáneas” que lo único que nos señalan es que cuando nos enfocamos coinciden en algo fascinante: FE, así puedes creer en esa inteligencia, conectarte con ella, con instrucción clara y dejar de dudar logrando sanar física y mentalmente porque a veces, el mayor obstáculo no es la enfermedad, ni el problema, ni la duda, somos nosotros tratando de controlar todo, repitiendo procesos, al confiar sueltas, sanas, comprendes y cambias, si usted como yo creé esta verdad, sabrá que el poder que crea el cuerpo y la mente es quien sana el cuerpo y la mente y ese eres tú, así que si dudas duda de lo que no te haga sentido, duda de lo que te limita, pero nunca dudes de tu capacidad de reescribir tu historia, ahora que si en verdad quieres dudar escríbeme en angeldesofia@yahoo.com.mx para dudar entre el pastel de chocolate y el de rompope. Gracias.