Cada 15 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha que nos invita a reconocer a quienes sostienen buena parte del desarrollo del país desde el campo, muchas veces en silencio y sin los apoyos necesarios. Ellas son pilares en la producción de alimentos, en el cuidado del entorno, en la preservación de las tradiciones y en la cohesión de sus comunidades. Sin embargo, también son quienes enfrentan mayores obstáculos para acceder a la educación, la salud, las tecnologías y, por supuesto, a la información pública.
De acuerdo con la ONU, las mujeres rurales representan más de una cuarta parte de la población mundial y son responsables de casi la mitad de la producción de alimentos en el planeta. En México, su trabajo mantiene vivas las economías locales y el tejido social en cientos de comunidades, pero sus aportaciones siguen siendo invisibles en las estadísticas y en la toma de decisiones. No se puede hablar de desarrollo sostenible sin reconocer su papel fundamental ni sin garantizarles igualdad de oportunidades.
En el centro de esa transformación está el acceso a la información. La información empodera pues les permite conocer los programas públicos disponibles, los apoyos a los que pueden acceder, las reglas de operación, los derechos que las protegen y los mecanismos para exigir rendición de cuentas. Una mujer informada puede decidir mejor sobre su tierra, su economía y su comunidad.
La transparencia no se trata solo de portales o datos abiertos sino que se trata de llegar a quienes más lo necesitan, de traducir la información en oportunidades reales. Por ello, el reto no solo es garantizar el derecho a saber, sino hacerlo accesible. En muchas comunidades rurales, el internet es limitado o inexistente; las brechas digitales son amplias y las herramientas tecnológicas aún se perciben lejanas. En esos contextos, los gobiernos deben redoblar esfuerzos para que la información pública no se quede en los servidores, sino que llegue a las manos correctas.
El trabajo de las mujeres rurales nos recuerda que la transparencia también debe tener rostro humano. Que detrás de cada solicitud de información puede haber una agricultora que busca apoyo para su producción, una madre que intenta entender cómo inscribir a sus hijas en una beca, o una lideresa comunitaria que quiere saber en qué se gasta el presupuesto destinado a su región.
Brindarles herramientas de conocimiento y capacitación es sembrar futuro. Programas de alfabetización digital, talleres sobre derechos, asesorías para aprovechar la información pública y políticas con perspectiva de género son claves para construir comunidades más justas.
En tiempos en que se habla tanto de innovación y desarrollo, no podemos olvidar a quienes labran la tierra y sostienen el país desde sus raíces. Las mujeres rurales merecen no solo reconocimiento, sino igualdad de condiciones para participar, decidir y prosperar. Su fuerza mueve al campo, pero su acceso a la información puede mover al país entero.