Y ya está, se pasa a la preparatoria en donde el complejo de “Cachún-cachún-ra-ra” nos salta a la menor provocación que es cuando el mundo es chiquito para nosotros.
Esto es así porque ya está cerca la culminación de nuestros afanes, nuestros esfuerzos, de nuestras desveladas y tronar de dedos para desentrañar el sentido de la vida: “¿Soy… o me hago?”.
¡Y ahí está! De pronto el anuncio esperado por ellos y por los padres de los novios, de ella y de él; de los mejores amigos; de los amigos de trabajo que cada rato preguntaban “¡A ver para cuándo?”… Pues eso…
Así que los abuelos volverán a tener a un bebé entre sus brazos. Un bebé que –dicen moquillentos y con lágrimas en los ojos-- que les renueva la vida y les da la promesa de su trascendencia.
Y es cierto. Los abuelos entregan su amor al nieto o a los nietos sin enganche y sin fiador. Lo dan todo por ellos, por los nietos que son los ojos de sus ojos, “Sangre de mi sangre. Hueso de mi hueso” (decía mi abuela Manuela Antonio).
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Eso de ser abuelo no es moco de pavo. Primero porque es una especie de premio que da la vida al paso del tiempo. Para algunos muchos años, para otros no tantos, pero se es abuelo y ya se consumó el ciclo vital de ‘nacer, crecer, reproducirse y…’ bueno lo que sea que siga. Pero eso sí, eso de llegar a abuelo es una novedad en el frente para todos: ellas y ellos…
Ellas y ellos que un día fueron recién nacidos, chillones, cagones, meones y ‘el más hermoso bebé del mundo’ –aunque estuviera feo como Cheto-; luego crecieron y entre que sí o que no, fueron al jardín de niños –si es que había en la localidad- para pasar a la primaria y aprender que “Ahí viene la A…”-
¡Y qué tal la secundaria? Cuando se empieza a conocer que uno es uno y su circunstancia; que uno tiene cuerpo y alma y que ese cuerpo nos manda mensajes extraños, pensamientos extraños y sueños extraños. Mmmm… Todo es nuevo y sorprendente. Sobre todo cuando se ve a la niña más bonita del mundo, aquella inolvidable niña que nos lanzaba miradas de fulgor extraño y nos hacía detener la respiración.
Es en esta etapa cuando preguntamos de todo, por todo. En especial aquello que antes veíamos por ahí pero que no le dábamos sentido en nuestra vida. Es cuando hay más preguntas que respuestas. Y las preguntamos a nuestros amigos o amigas para no tener que hacerlo a la mamá o al papá, porque “me da pena”.
Es cuando aquella niña bonita dejó de ser objeto de nuestras miradas melosas y caramelosas porque ya apareció otra jovencita… o nosotros aparecemos como otro en la vida de otra jovencita que ‘sabroso camina, así de medio lado, comiéndose un helado’.
Pero también el dilema de qué será de nosotros en el futuro. Sobre todo para aquellos que provenimos de familias nada linajudas ni pequeñoburguesas: pueblo puro, pues. ¿Qué carrera seguir? ¿Qué más nos gustaría hacer en la vida nuestra, que sigue galopante ‘como potro desbocado que no sabe a dónde va?
Y luego, si decidimos hacer una carrera, vienen los tiempos de la universidad; vienen los tiempos del “sentar cabeza” –pero no tanto-, y dedicarnos con seriedad al estudio –cuando se quiere tomar con seriedad el estudio-.
Hasta aquí, digamos, una línea de vida tradicional o sin las variantes que tiene el ser humano en sus signos vitales. Porque muchos o muchas no van a la escuela, o van poco o van de tiempo en tiempo porque simple y sencillamente no se quiere o porque hay que trabajar para comer y proveer a la familia o porque ‘la vida no es un block cuadriculado’ y nos jala, nos lleva, nos trae, nos regresa, nos hace mirar para todos lados, como perrito en el periférico.
Muchos han hecho de su vida, de principio a fin, un largo esfuerzo de sobrevivencia, detrabajo, de lucha, de un día empleo otro día sin empleo, de un día fiesta y otro día de lamentos y quebrantos, aunque como se lee en Eclesiastés. “Mañana sale el sol de nuevo”, que es también el título de un libro de Ernest Hemingway.
Y luego –quien así lo decida, o pudo ser antes por aquello de los calores de mayo-- vendrá el matrimonio, o el “ven, que te voy a dar vida de ángel”. Y nace otra familia. Y hay otra pareja que se han dado promesas a diestra y siniestra y quienes durante los primeros años juntos se portan como dulces, melosos y caramelosos.
La señorita… digo… la señora va a tener un hijo. Va a tener una hija. Va a tener lo que sea, pero –la siguiente frase—se la reservamos a la tía buena que todo lo ve y todo lo perdona: “¡Que sea lo que sea, pero que nazca sanita o sanito!”.
Y los padres de aquel bebé que tuvieron en sus brazos ahora ¡Serán abuelos! ¡Están felices! ¡Continúa el linaje familiar! ¡Ya nunca morirán, aunque no estén aquí! Y se entregarán en cuerpo y alma a ese nuevo ser –o nuevos seres-- que de pronto renueva aquellos días en los que ellos fueron padres luminosos, con todas las responsabilidades o irresponsabilidades que ocurrieron.
Se cumple el ciclo: Son abuelos, tienen nietos. Su cabello se ha vuelto cano. La piel es más frágil, como el cuerpo, aunque el alma siga siendo la misma con la que llegaron al mundo. El tiempo ha hecho su trabajo. Y sólo el tiempo sabe cómo ha sido su vida…
Cuál ha sido el camino. Cuáles los avatares, las alegrías o los dolores, los esfuerzos, las luchas. Los achaques ya llegan con el tiempo. Los reflejos no son lo mismo. La lentitud es cada vez más visible. Pero el brillo en los ojos está ahí como cuando, niños, fueron por primera vez a la feria, cuando se subieron a los caballitos y comieron algodones de azúcar. Los abuelos viven de recuerdos y de presente. El futuro es incierto.
Los abuelos viven en sus nietos porque es el reducto de lo que ha sido su vida. Y porque en ellos está su propio futuro y su propio destino. En sus nietos y nietas está la inocencia y el candor que le dan sentido a la infancia, a la juventud, a la madurez. Los abuelos están cargados de experiencias de vida. De soluciones. De sabiduría.
Un abuelo –decimos en casa- lo sabe todo y siempre tiene respuestas. Ya tienen pocas preguntas porque tienen todas las respuestas. Y sus respuestas son sabias. Son la voz del pasado puesto en charola de plata, hoy, para sus nietos. Y si bien cada uno de ellos tendrá las propias experiencias, los abuelos quieren ahorrarles el camino, quieren quitarles pesares, quieren que sean felices.
Y comienza la nueva etapa: la de cuidar a los nietos. Ser complacientes con ellos por encima del amor y responsabilidad alimentaria, formativa y educativa de los padres. Los abuelos reciben a los nietos y los cuidan cuando es necesario. Los pasean –aunque es responsabilidad de sus padres hacerlo por aquello del amor paterno y materno y lo filial-. Esto es:
Los abuelos están ahí para querer a los nietos, pero nunca para suplir las responsabilidades de los padres y mucho menos permitir que los padres descansen en ellos esas responsabilidades. Quererlos, pero nunca sustraerlos del amor de sus padres.
Abuelo no siempre significa tener nietos. Hay abuelos que no los tienen, aunque adquieren el carácter y la categoría por el cúmulo de años y de experiencias y sabiduría y de dulzura. A un hombre o mujer de edad mayor se le dice “abuelos” aunque no lo sean.
Esto es así porque a lo largo de la vida han aportado su vida para continuar todos, juntos, el camino ya en casa, ya en entorno, ya en la vida de los seres queridos, como el Conde Alborg, protagonista de la obra “El abuelo“ de Benito Pérez Galdós.
Según proyecciones del Consejo Nacional de Población (CONAPO) para 2025, en México hay 17,122 millones de personas adultas mayores que tienen 60 años o más: abuelos en sentido general. Esto es, el 12.8 por ciento de la población total, aunque no se especifica cuántos de ellos son abuelos en sentido tradicional.
Y todo esto viene al caso porque cada año, el 26 de julio se celebra –como este año se celebró- el “Día Mundial de los Abuelos” (aunque desde 1983 en México se celebra del “Día Nacional del Abuelo” el 28 de agosto). Tiene como origen un tema religioso (celebración litúrgica de san Joaquín y santa Ana, abuelos de Jesús), aunque desde 1998 es una celebración civil, sin sentido religioso o litúrgico y mundial.
Pero ahí están, “los viejos” que les decimos. “Los abuelos”. Muy queridos por todos nosotros, estén o no estén aquí, porque son inolvidables como es inolvidable su sonrisa, su abrazo, su ternura, sus ganas de vivir eternidades para estar con nosotros, porque a fin de cuentas somos Carne de su carne. Hueso de su hueso.