Entre piernas y telones
HUGO HERNÁNDEZ
Debiera haber obispas
La primera vez que la vi en escena me fascinó. Lo recuerdo perfectamente. Fue en Electra, la tragedia griega en la que daba vida a la protagonista de la misma, compartiendo escenario con doña Ofelia Guilmáin y Héctor Bonilla.
Recuerdo que su fuerza era tal que materialmente se robaba las miradas y la atención de todo el público.
Creo que estaba yo en secundaria. Debe haber sido mediados de los 70. Desde entonces, hace ya más de 40 años, la he seguido muy de cerca.
Si me permiten hablar, Suya afectuosamente, Bailepoemando, Buenas noches mamá, Locos por el té, Yo madre Yo hija, El primero, Como ser una buena madre judía, son algunos de los montajes en los que la he visto y disfrutado.
Y no solo yo, sino todo el que ama el buen teatro, porque si hay un denominador común en su trabajo (como actriz, directora, productora, etcétera) ése, es la calidad.
Se trata de Susana Alexander, quien con su enjundia habitual está otra vez en el escenario. En esta ocasión con un texto clásico del teatro mexicano.
Escrita en 1953, y estrenada un año más tarde en la hoy desaparecida y mítica sala Chopin, ésta es una de esas obras para las que el calificativo de “un clásico” es más que pertinente.
Y como clásico que es, no solo no pasa de moda sino que con el tiempo se vuelve más actual, aunque en este caso la vigencia del tema resulte vergonzoso y molesto.
Hoy, a casi 6 décadas y media de su estreno, esta puesta en escena es absolutamente vigente, pues si bien hay avances más que evidentes en el papel que ocupa la mujer en la sociedad, ni duda cabe que aún se encuentra muy por detrás del sitio ocupado por los hombres.















