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Los vecinos son la fuerza que mueve a las ciudades, que sostiene a la comunidad. Y por eso la Ciudad de México tiene futuro. Hace dos años, en la alcaldía Benito Juárez, la organización vecinal se levantó para defender a dos fresnos históricos de la Colonia del Valle, amenazados por una constructora que pretendía talarlos para levantar un edificio habitacional.
Los vecinos, convertidos en guardianes de su propio entorno, nombraron a los árboles Eugenio y Eugenito. Estos ejemplares datan de los primeros trazos de la colonia y se encontraban en la casa del célebre cronista Salvador Novo, quien los describió como parte del carácter de ese barrio. Gracias a esta movilización ciudadana, se logró que Eugenio fuera declarado Patrimonio Natural de la Ciudad de México en 2024.
Esa declaratoria establecía la obligación de garantizar un plan de mantenimiento no solo para Eugenio, sino también para su ecosistema inmediato, lo que incluía a Eugenito: un fresno joven, nutrido y protegido por su árbol padre, Eugenio.
Sin embargo, días después de la victoria vecinal que protege a otro árbol frente a este cártel, el gran Laureano, y pese a la voluntad ciudadana y a la declaratoria, la constructora Adinse, con la protección de las autoridades, decidió pasar por encima de la ley y no presentar el plan de manejo para conservar a ambos árboles, tal y como lo establece la declaratoria ambiental que protege a Eugenio y a Eugenito como parte de su ecosistema. Fue una venganza contra la comunidad.
Con ello, derribó un árbol de más de doce metros de altura que brindaba captura de carbono, sombra, regulación de temperatura, refugio de aves y un incalculable valor histórico y afectivo para los habitantes de la zona. A cambio, la empresa se comprometió a plantar apenas ocho árboles medianos, un trueque ridículo e injusto frente al valor ambiental que Eugenito representaba. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, un árbol maduro como un fresno de más de doce metros puede capturar hasta 25 kilos de CO₂ al año, filtrar alrededor de 28 kilos de contaminantes atmosféricos y producir el oxígeno que requieren dos personas adultas diariamente. En contraste, un árbol joven de menos de cinco metros apenas aporta entre el 5% y 10% de esos servicios.
Es decir, el fresno talado equivalía en servicios ecosistémicos a más de cien árboles jóvenes, considerando su capacidad de absorber dióxido de carbono, reducir partículas suspendidas y regular la temperatura urbana. Además, un árbol maduro como Eugenito puede reducir hasta en 4° la temperatura del entorno inmediato, algo imposible de lograr con árboles recién plantados que tardan entre 15 y 20 años en alcanzar un efecto similar. Es indefendible haberlo permitido. Las autoridades tendrán que rendir cuentas.
En memoria de Eugenito y frente al riesgo que corren los árboles urbanos, junto con vecinos presentamos la Ley Eugenito. Esta iniciativa reconoce legalmente al arbolado urbano —árboles y arbustos en espacios públicos y privados— como parte esencial del derecho a un medio ambiente sano. Plantea incorporarlo en la planeación y el diseño de las ciudades, con un Inventario de Arbolado Urbano georreferenciado y público, metas de incremento de cobertura con criterios de diversidad y resiliencia climática, y una distribución equitativa que priorice a las zonas más vulnerables.
Esta iniciativa nace no solo de la defensa ambiental, sino de una lucha vecinal que se ha tenido que enfrentar a los intereses del cártel inmobiliario, la violencia, la intimidación y las calumnias contra quienes se organizan para proteger a su colonia y sus árboles. La tala de Eugenito fue también una represalia del poder inmobiliario frente a la reciente declaratoria del árbol Laureano como Patrimonio Natural de la Ciudad de México. Se trató de un castigo contra los vecinos que demostraron que la comunidad organizada sí puede frenar el abuso de las constructoras y poner la naturaleza por encima del cemento. Pero no estamos solos: nos tenemos a nosotros mismos, porque la comunidad salva, cuida y sostiene a la propia comunidad.
El futuro de nuestras ciudades se juega en estas luchas: un árbol talado no se recupera en una generación, pero un árbol protegido asegura vida para miles de personas. Eugenito ya no está, pero su memoria se convertirá en ley. Porque los árboles no tienen voz, pero sí tienen defensores: las y los vecinos que entienden que cuidar un fresno es también cuidar nuestra salud, nuestra historia y nuestro derecho a vivir en una ciudad en donde se pueda habitar y hacer vida.