Lo público no tiene dueño
Pero la justicia social no es un acto de caridad.
El problema es cuando esa necesidad se convierte en clientelismo disfrazado.
Una política social sólida no puede ser el botín de guerra de una elección. No debe cambiar de color cada seis años ni usarse para pasar lista de fidelidades. Debe sostenerse en reglas claras y una lógica institucional que trascienda al gobernante en turno.
Porque su función no es fabricar agradecidos, sino reducir privilegios.
Vale la pena insistir: los programas sociales son de la gente y para la gente. Defender esta idea no es un matiz técnico; es una postura de fondo contra la falsa consciencia social que pretende privatizar lo público.
Que nadie tenga que bajar la cabeza para recibir lo que es suyo. Y que lo que es de todos, de una vez por todas, deje de tratarse como si tuviera dueño.














