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Es el Día de Muertos; más allá de la realidad, pareciera una contradicción, pero las costumbres y las tradiciones son raíces que siguen floreciendo en las nuevas generaciones. Al final de cuentas, es algo que nos termina dando una identidad, una cultura y una forma de ser, de pensar y de hacer. El 2 de noviembre, como cada año, los mexicanos honramos la memoria de nuestros fieles difuntos. Es la ocasión especial para visitar esa tumba que, tal vez, la mayor parte del año permanece en la soledad de un panteón, en el olvido.
Si bien la memoria es un buen lugar para conservar el recuerdo, la imagen, el legado del ser querido, al igual que el corazón, donde se conserva por siempre el amor, el cariño y el respeto por el ser que ha partido; sin embargo, es ahí, en esa tumba, donde sabemos que están los restos físicos. Es ahí donde aquel día difícil nos despedimos por última vez, en medio de un dolor inmenso por la separación. Es ahí donde se quedó congelada la última imagen de su rostro, como un tatuaje imborrable en nuestra memoria.
El 2 de noviembre ha llegado y, en el mejor de los casos, nos aprestamos para hacer una visita a esa tumba. En ocasiones, con dificultades, hacemos un espacio en nuestra apretada agenda para poder acudir un momento hasta ese panteón, hasta la soledad de esa tumba. Y, si bien, nos ocupamos de llevar algún ramo de flores, algún objeto, algo que nos permita calmar nuestras inquietudes y, de alguna manera, congraciarnos con nuestros demonios internos que revuelven la conciencia. Desde luego que una oración, un canto, un suspiro, una lágrima, una palabra, son válvulas de escape por donde fluyen los sentimientos y las emociones.
Y ahí estamos, frente a la soledad de esa tumba. El murmullo atípico en el panteón serpentea entre las lápidas; los rayos del sol van cayendo despacio en el horizonte lejano hasta esconderse detrás de los cipreses y de los cerros. Los acordes de los instrumentos musicales y las voces desangeladas de los cantantes se convierten en sonidos que llenan de nostalgia la tarde. Un puñado de flores en la mano son caricias que ya no se pueden sentir, pero que expresan las mejores intenciones. Esa es la realidad que podemos percibir ante nuestra mirada: un rectángulo de piedra, de metal, de vegetación, de tierra y, al fondo, esa cruz, símbolo inequívoco que representa la muerte. En ella, unas letras que lucen desgastadas por el paso del tiempo y, dentro de ti, un manojo de sentimientos que rasgan las entrañas en medio de los recuerdos.
Y viajas en el tiempo inevitablemente:evocas esos momentos agradables que compartiste, recuerdas las lecciones y los consejos recibidos, valoras el ejemplo de vida y, por un instante, quisieras regresar el tiempo y evadir la realidad. Experimentas eso que solo es posible cuando estás ante la soledad de esa tumba y, de alguna forma, te encuentras contigo mismo, con tu pasado y presente. El ser amado ha partido; eso es un hecho infalible, pero es parte de tu esencia, de tu raíz, de tu ser. Y, al menos por un instante, aunque sea por un instante, es bueno reencontrarse con esa identidad, con ese sentido de pertenencia, con ese amor que, en ocasiones, con el tiempo y la distancia, simplemente se va apagando, empolvando, olvidando.
La lección suele doler, claro que duele. No es fácil enfrentarte con el dolor de una pérdida, regresar al pasado y estrujar las emociones que tal vez hoy se encuentren estables. Las lecciones que están en el entorno de la soledad de esa tumba, en ocasiones, son más fuertes de lo que solemos pensar.