Hans Schwarz –tal era el nombre de nuestro joven judío- soñaba con que un día Konradin von Hohenfels le dirigiera por lo menos una palabra amistosa, pero pasaban las semanas y los meses y esto no sucedía.
Un tarde, sin embargo, las plegarias de Hans fueron atendidas, pues el conde le hizo, a la hora de la salida, una pregunta anodina, y al otro día otra, de manera que con el paso del tiempo acabaron siendo amigos.
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En Reencuentro, una breve y a la vez bellísima novela del escritor alemán Fred Uhlman (1901-1985), aparece un joven judío de dieciséis años o algo así que una mañana, en la escuela, ve sentarse en el banco vecino a un conde de su edad llamado Konradin von Hohenfels y, por supuesto, no puede creérselo. ¿Un Hohenfels en su mismo salón y tan cerca de él que casi podía tocarlo con la mano? Al instante quiso hacerse amigo suyo, pero el pequeño conde guardaba muy bien sus distancias: sabía que estaba hecho de otra pasta y no tenía ningún interés en relacionarse con nadie.
He aquí lo que sucedió con Hans la tarde en que Konradin le dirigió la palabra por primera vez: “Cuando por fin le dejé, fui corriendo hasta mi casa. Reía, hablaba solo, quería gritar y cantar, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no decirles a mis padres cuán feliz era, y que toda mi vida había cambiado, y que ya no era pobre, sino rico como Creso”.
Esa noche Hans durmió mal; digamos, mejor, que ni siquiera durmió, pues se preguntaba qué pasaría a la mañana siguiente. “Dormí mal –confiesa-, porque tenía miedo de la mañana. ¿Quizá ya me habría olvidado, o se habría arrepentido de su capitulación?”, etcétera. Pensaba, por supuesto, en Konradin von Hohenfels.
Transcribo esta confesión para que sepa el lector cuán importante era para Hans la amistad de Konradin. ¿Y para Konradin era igualmente importante la amistad de Hans? En seguida lo veremos. Baste por ahora con transcribir algunas frases que me parecen imprescindibles para comprender lo que sucederá después: “A partir de ese día –dice nuestro narrador-, fuimos inseparables”. Y cuando una vez lo llegó a invitarlo a su casa, que no era pobre ni indigna de un miembro de la nobleza alemana, trataba por todos los medios posibles que sus padres no lo vieran. ¿Por qué razón? “En ese momento –sigue diciendo- no supe exactamente por qué procedía así, pero hoy me resulta más fácil saber el motivo por el cual traté de introducirlo furtivamente. Sentía, de alguna manera, que era mío y sólo mío, y no quería compartirlo con nadie más”.
Hasta aquí, las cosas marcharon bien. Hans había realizado su sueño y Konradin, al parecer, lo estimaba con la misma intensidad con que Hans lo estimaba a él. Pero eran aquéllos los días en que Hitler subió al poder y las campañas en contra de los judíos empezaron a hacerse bastante agresivas en todo el país: corría el fatídico año de 1933…
Una mañana, un grupo de muchachos de su mismo salón atacó a Hans diciéndole las cosas más ofensivas que puedan decírsele a alguien, y Konradin no hizo nada para tratar de defenderlo. ¿Cómo un joven de la más alta nobleza aria iba a decir algo en favor de un judío? Ni una mano metió siquiera cuando sus enemigos lo zarandearon dejándolo en el suelo bañado en sangre y con la cara destrozada. Ahora bien, ¿por qué, si era su amigo, lo había dejado solo? Cuando sus enemigos lo llamaron “cochino judío”, él, Konradin, no dijo una sola palabra, limitándose a practicar la diplomática táctica de la no intervención.
“Cuando atardeció –cuenta Hans- y llegó la hora de volver a casa, esperé a que se fueran todos. Todavía alimentaba una vaga esperanza de que él me estuviera aguardando, de que me ayudara, de que me consolara precisamente cuando más lo necesitaba. Pero cuando salí, la calle estaba tan fría y desierta como la playa en un día de invierno”. Konradin no apareció, ni explicó nada, ni se tomó nunca el trabajo de pedir disculpas al amigo ultrajado…
¡Ah, los sueños de la amistad! Precisamente cuando más necesitamos a nuestros amigos, más éstos están ausentes o sencillamente duermen. Y, a este respecto, resulta sumamente ilustrativo lo que escribió una vez Giovanni Papini (1881-1956) acerca de Cristo y de su agonía durante la noche del jueves santo:
“Jesús está de nuevo a solas, más solo que antes, en una soledad absoluta que se parece a la desolación del infinito. Podía creer hasta ahora que cerca de Él velaban sus amigos más queridos. También éstos, ahítos de dolor, lo han abandonado con el alma antes de abandonarlo con el cuerpo. Lo han dejado solo. Ni siquiera han sabido concederle la última gracia, ellos que tanto han recibido. A cambio de su sangre y de su alma, de todas las promesas, de todo el amor, les había pedido una sola cosa: que resistiesen al sueño; pero ni siquiera esa pequeñez ha obtenido… Todos duermen a su alrededor… Pero los que aquella noche no duermen son los jefes de los judíos y sus esbirros. Aquellos que deberían defender a Jesús, los que podían por lo menos consolarlo, los que aseguran que le aman y que, a su modo y en determinados momentos, le aman sin duda, están entregados al sopor. Pero no duermen los que le odian, aquellos que quieren hacerle daño y matarlo. No duerme Caifás, y el único de los discípulos de Jesús que en aquel momento está despierto es Judas” (Historia de Cristo).
¡Qué tragedia! Los que amaban al señor –sus amigos, sus discípulos-, dormían, en tanto que sus enemigos –los fariseos, los sumos sacerdotes y Judas- velaban con los ojos muy abiertos. Tal vez, no lo sé, sea ésta la más grande tragedia del hombre, es decir, nuestra propia tragedia: que los que nos quieren, a menudo nos quieren mal, en tanto que los que nos odian nos odian bien. ¡Qué pena, qué lamentable, pero así es!