¡Dios mío, yo nunca pensé encontrarme en las Escrituras algo como esto! Siempre pensé que la Biblia era el libro más inofensivo que podía tener uno en su librero y ahora resultaba que no era así.
San Luis Potosí tendrá un fin de semana caluroso con vientos fuertes y lluvias ligeras, mientras que el frente frío 41 llegará el domingo por la noche, generando descenso de temperatura
César Lara asegura que pese a algunos movimientos sindicales y emplazamientos a huelga que se han registrado recientemente, en general, se mantiene un clima de estabilidad laboral
En su mensaje en el cierre del Seminario de Actualización y Modernización Sindical, recordó la importancia de conocer las leyes para guiar y defender con fundamentos los derechos de las y los trabajadores.
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Hace veinticinco años ya que entro por la misma puerta, al caer la tarde, y puedo decir que es éste uno de los pocos placeres que aún me es dado experimentar en esta pobre vida que cada vez se muestra conmigo más avara. ¡La puerta de mi casa! Es, debo decirlo, una hermosa puerta, como ya no se ven en ninguna parte de esta ciudad, ni, tal vez, en ninguna otra que yo conozca. Es de madera, es hermosa, pero, sobre todo, es mía. Yo mismo la mandé tallar hace poco más de un cuarto de siglo con un carpintero habilísimo, conocido de un conocido mío, que ya no está más en este mundo merced a esa manía tan suya, tan intensa como recurrente, que consistía básicamente en empinar el codo. ¡Qué armarios hacía este hombre, qué roperos y, sobre todo, qué puertas! Sólidas, gruesas, de materiales auténticos y, por lo tanto, duraderas.
A los de mi edad la vida les ofrece ya pocos placeres, pero los pocos que todavía les ofrece son, por decirlo así, inefables. Uno de ellos –y no creo que al decir esto exagere- es regresar a casa tras una larga y penosa jornada de trabajo. El mundo queda atrás, los ruidos de la calle se apagan y uno se refugia entonces en su casa como un pájaro en su nido. Partir es un placer, pero volver es un placer más grande aún; y, si no, que lo diga Ulises, ese viajero incansable que lo único que hacía, o parecía hacer mientras luchaba con el Cíclope o desafiaba las tormentas provocadas por Escila y Caribdis, era soñar con estar de nuevo en su rocosa Ítaca, la blanca ciudad de sus recuerdos…
En otro tiempo me gustaban las calles y disfrutaba recorriéndolas a paso lento; ahora, en cambio, con el andar de los años, he llegado a odiar el ruido de los cláxones, me duelen los ojos con las luces de neón y la vista se me nubla ante el espectáculo de tantos rostros, unos feos, otros hermosos, que ni siquiera reparan en mí. Cuando el reloj de la oficina da las seis, yo lanzo un suspiro de satisfacción por la jornada concluida y me digo a mí mismo que pronto estaré en mi casa, y me pondré en bata y pantuflas mientras borbotea en la cocina la jarra de café.
Es preciso no despreciar los pequeños placeres de la vida, pues nadie nos ha prometido que conoceremos otros mayores. Como dijo un filósofo al que me gusta leer sobre todo por las noches, la vida no nos ha prometido nada. ¿O qué es lo que nos ha prometido? ¡Por lo tanto, disfrutemos! ¿Y hay algo más hermoso, más cotidiano y más cómodo que un par de pantunflas hechas a la propia medida mientras hacemos a un lado con desprecio los molestos zapatos de tacón? Por muy cómodos que éstos sean –y los míos lo son, cabe decirlo-, no pueden ni podrán nunca compararse a aquéllas, y al calzárselas uno se dice a sí mismo: “El día ha terminado. Descansa, querido mío, y ponte a tus anchas, pues también para esto has sido traído a este mundo. Ya no habrá que salir de casa. Lo que queda de la tarde es tuyo, y la noche entera también”.
Hace veinticuatro años esta casa no existía, al menos como ahora la recorro y la conozco, y mucho menos las casas vecinas. Si puedo decirlo así –y lo diré sin pizca alguna de orgullo-, mi casa es la más antigua de todas: yo fui el primero en ver convertido el huerto que antes había aquí en un moderno y decoroso complejo habitacional. Y luego, durante los siguientes dos o tres años, esto estaba tan solo que los amigos que de cuando en cuando me visitaban se atrevían a preguntarme: “¿No te espanta habitar prácticamente en un descampado?”. Y entonces yo adoptaba la pose de quien no tiene miedo de nada, y respondía agitando mi mano derecha como quien espanta una mosca: “¡Por favor, amigos! ¿Y qué es lo debería temer? ¡Esto es un paraíso!”.
Sin embargo, pronto empezó a construir alguien una casa exactamente a un lado de la mía y aquello, si debo ser franco, me disgustó. Sentía que pisoteaba mi derecho a la privacidad y que, fuera quien fuese mi vecino, estaba realizando algo indebido, una acción imperdonable. Por lo tanto, decidí resueltamente negarle el saludo. También él regresaba a su casa hacia las siete y media de la tarde y en varias ocasiones coincidimos abriendo al mismo tiempo nuestras respectivas puertas, pero yo giraba la cabeza hacia otra parte para no tener que verlo. Para mí, mi vecino era un intruso, un advenedizo, y así lo llamaba en mis monólogos interiores. Con el resultado de que, hasta hora, ni siquiera sé cómo se llama. Tras veintitrés años de estar juntos aún no me he atrevido a preguntárselo, aunque no me sorprendería nada que se llamara Juan o Pedro. ¿Y, por lo demás, qué me importa a mí que se llame Juan o de algún otro modo?
Durante todos estos años comportarme así con mi vecino me ha parecido lo más natural, dadas las circunstancias de las que ya he hablado. Y, sin embargo, hace pocos días, leyendo la Biblia, me encontré con este versículo que me ha dejado un tanto perplejo, si no es que hasta desconcertado, y que dice así: “Quien desprecia a su vecino, comete pecado” (Proverbios 14, 21).
¿Quiere esto decir que, al final de mi vida, seré juzgado según haya tratado a este hombre al que durante veintitrés años no he querido conocer? O, dicho con otras palabras, ¿que seré juzgado por la manera en que traté a este advenedizo que, como digo, bien podría llamarse Juan o Pedro? ¿Y no saber su nombre es lo mismo que despreciarlo?
Anoche, mientras me ponía mis pantuflas queridas, me he entregado a estos pensamientos y ya no me parecieron ni tan agradables ni tan cómodas. ¡Y la culpa de ellos la tiene, por supuesto, mi vecino! ¿Quién iba a decirme que alguna vez la existencia de este hombre iba a ser capaz de quitarme el sueño?