Análisismiércoles, 3 de mayo de 2023
Autorretratos de hielo | Ciudades bilingües
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Decía Bakhtin que “el bilingüismo es una escuela de tolerancia y una vía hacia la supervivencia”. Y quizás tenía razón, porque las ciudades bilingües son mundos donde el individuo se hace ciudadano inmediato de la transigencia e hijo instantáneo de la comprensión. Habitante de dos diccionarios enlazados, el alma familiarizada con las frases de doble fondo sabe traducirse a toda hora en el espejo de sus rutinas… aunque lo mejor es no filosofar demasiado y entrar en materia.
Conocer la ciudad española de Ceuta, al norte de Marruecos, allá por los rumbos de Gibraltar, es penetrar un mundo de rechazos históricos. Recuerdo haber deambulado por los pocos parques de la ciudad, y a veces incluso subía a los autobuses para cotejar el bilingüismo en la boca de las y los niños locales; sí, aquellas infancias te hacían abrir los ojos de asombro ante la simultaneidad de sus sonrisas, ora en castellano, ora en árabe marroquí. Sin embargo, en su condición de resabio colonial, las dos lenguas de Ceuta también parecían un parapeto más que un puente social, y como botón de muestra allí estaban los letreros de la ciudad escritos con una sola ortografía, o todas esas señales de tránsito que, desde los bulevares, no consideraban casi nunca a los viajeros venidos de los abecedarios del Magreb (quizás pretendían confundirlos). Comoquiera que se vea, en las infancias de Ceuta uno podía presentir que si la ciudad había sobrevivido tal y como hoy la conocemos había sido gracias a sus travesuras sociolingüísticas.
Prosigo… En Bruselas asistí a mil y un viceversas franco-flamencos: en los vagones del Metro, en las paradas del tranvía, en la universidad, también en la mantequilla del supermercado. Por inesperada añadidura, la vida a menudo proyectaba sombras cruzadas en los nombres de la gente, y más de una vez me topé con patronímicos de santoral católico seguidos de apellidos a todas luces neerlandeses. En las aceras de Bruselas se respiraba un sentido de pertenencia bipartita, como si la ciudad quisiese recordarles a sus moradores que al comprender las palabras del otro comenzaban a cicatrizar muchas de sus heridas históricas. Por supuesto que hay algo de idealismo en esto último, aunque a los hijos de la calle Colón, nacidos en un puerto de altura donde muchas lenguas atracaban todo el año, siempre nos estará permitido soñar que el mundo alguna vez abandonará su condición de laberinto babélico.
De Valencia rescato la magia de sentarme en un bar sabiendo que a mi alrededor se bebían cervezas con dicciones paralelas. En uno de los chiringuitos de la ciudad, El Volander se llamaba, recuerdo un sábado de música nocturna oyendo a Manolo, el solista, junto a su mujer Encarnación: al concluir el recital me atravesó la historia de sus infancias, cuando recordaron el franquismo y su prohibición de hablar valenciano en las escuelas, ¡y mucho menos cantarlo en los centros nocturnos! Ahora, en cambio, cada palabra era una ventana de paisajes dobles y cada frase un acto liberador; es más, desde su idioma recuperado ambos se presentían más sinceros, y al final de aquella noche controlé el impulso de explicarles que la ortografía valenciana del Mediterráneo se hubiese adaptado sin problemas a las sintaxis hispánicas de las olas de Miramar.
También está Asunción, Paraguay. Como sabemos, es la única de nuestras sociedades que vive a caballo entre un idioma indoamericano, el tupí-guaraní, y el español. Y porque el destino se discute mejor en las cafeterías, daba gusto arraigarse en las mesas asuncenas para rastrear cuánto de una lengua permeaba en la otra, o sólo escuchar las estaciones de radio en dos idiomas. Los amigos de por allá a menudo me ilustraban sobre palabras guaranís hoy de uso común en castellano (“catinga”, “piraña”, “ananás”, por ejemplo) mientras me enseñaban a beber el tereré, un té frío con propiedades medicinales. Para lo que ocupa decir aquí, en Asunción era imposible despreciar el pasado de nadie por cuanto sus habitantes habían crecido al amparo de dos vocabularios: les resultaba muy fácil ser España y estar en Paraguay, o, si se prefiere, no ponían reparos para dejar uno de sus acentos con el objeto de conjugarse en los verbos del otro.
Ahora bien, todo este recorrido debe finalizar en el Polo Norte, esto es, en la isla de Montreal donde conviven desde hace cuatro siglos el inglés y el francés. Hay en cada mirada y en cada cédula de identidad una forma de hablar que se bifurca y que nos prepara para estar dos veces en eso que llamamos destino. Aquí pagamos con billetes y monedas de doble denominación, y todos hemos bromeado alguna vez con los saludos en los comercios y restaurantes, también en las oficinas públicas, cuando el funcionario en cuestión o el mesero de turno nos reciben con esa frase bimembre (“bonjour/hi”: buen día/hola) que deja a nuestro arbitrio la lengua en que se ha de conducir la conversación o el servicio. Asimismo, los cines boreales proyectan películas en alguna de las dos lenguas oficiales, y al asistir a cintas venidas de la Conchinchina no indagamos demasiado en la alternativa de los subtítulos: será en alguno de los idiomas locales, y lo demás es lo de menos. Lo mejor de todo son las librerías bilingües de la ciudad, cuando uno encuentra a Irene Nemirovsky en edición parisina o a Irvine Welsh con forros llegados desde Edimburgo, y nada como el milagro de hojear el francés de algún Borges o la traducción inglesa de “Pedro Páramo”.
Yo no sé si el bilingüismo sea una realidad mucho más propicia para las armonías sociales (o para las tolerancias, según decía Bakhtin). Lo que sí puedo conjeturar es que la coexistencia de dos lenguas nos previene ante las definiciones unívocas, y acaso también nos pone a resguardo de los fanatismos del pensamiento único. O por qué no cerrar así este primer miércoles de mayo: una sociedad de palabras siempre dispuestas a desdoblarse siembra semillas mucho más esperanzadoras de eso que llamamos fraternidad…