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Desconozco si existe otro país con una sociedad tan diversa y única formada a partir del sincretismo cultural y religioso como México. En México la música, la fiesta, la comida, la magia, las deidades y los rituales, entre muchas otras cosas, tienen elementos indígenas, mestizos y españoles, pero también de muchas otras culturas como la libanesa y la judía, por mencionar algunas.
Esta mezcla maravillosa nos hace únicos y a veces muy diversos, pero para el 78% de las y los mexicanos, hay una figura que nos une en identidad y en fe; la Virgen de Guadalupe. Alrededor de 20 millones de fieles al año y 8 millones en días previos y posteriores al 12 de diciembre, la visitamos. A la Guadalupana la amamos porque la sentimos madre, protectora, procuradora de consuelo, de abrazo amoroso, de esperanza y luz, la madre que no muere nunca.
Es muy interesante que aún dentro de la comunidad judía hay Guadalupanos. En su caso, más que como símbolo religioso, María de Guadalupe es uno de identidad nacional mexicana o un vínculo con las raíces históricas de su cultura. Para los católicos, madre del hijo de Dios, ni más ni menos.
Según la tradición católica, la Virgen María se apareció 4 veces en el cerro del Tepeyac en diciembre de 1531 al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, (canonizado por el Papa Juan Pablo II -también Santo ya- el 31 de julio de 2002 en la propia Basílica de Guadalupe. En estas apariciones, la Virgen pidió que ahí se construyera un templo en su honor.
El relato indica que Juan Diego informó al obispo fray Juan de Zumárraga, quien pidió una señal para confirmar la autenticidad del mensaje. En la última aparición, la Virgen le indicó a Juan Diego que recolectara flores en su tilma (manto), a pesar de ser invierno. Al desplegar su tilma frente al obispo, apareció la imagen de la Virgen María estampada milagrosamente.
El manto o ha sido objeto de un sinnúmero de investigaciones; el material es fibra de maguey por lo que debió deteriorarse hace siglos y sigue fundamentalmente intacto, lo que se considera un milagro. El azul turquesa decorado con estrellas doradas, símbolo del cielo, y el rosado de su túnica, con un patrón de flores que podrían representar las culturas mesoamericanas son tonos que la ciencia no se explica porque en la época no existían pigmentos para lograrlos.
La Virgen está rodeada por rayos de sol, remitiendo al simbolismo del dios azteca Huitzilopochtli. La luna bajo sus pies y el ángel que la sostiene evocan la fusión entre la iconografía cristiana y la cosmovisión indígena. De hecho, se ha afirmado que las estrellas en el manto corresponden a una disposición astronómica visible en el cielo de México en 1531.
Mención aparte merecen los ojos, que son uno de los aspectos más misteriosos y fascinantes de la imagen. El detalle más impresionante es que, al estudiarlos, descubrieron que tienen reflejo como el ojo humano. Es decir, se ven las personas presentes en la habitación como si fuese un espejo. Para una pintura eso es fundamentalmente imposible. Además, se les observa en proporciones perfectas y su expresión refleja serenidad y compasión exactamente como mirada de madre amorosa hacia sus fieles, hacia sus hijos.
Por supuesto hay detractores; argumentan ausencia de evidencia histórica temprana. Otros sugieren que la pintura de la imagen muestra técnicas del siglo XVI, lo que indicaría que fue realizada por manos humanas, que las estrellas del manto no coinciden con exactitud con las constelaciones de la época y lugar; y por último, que la devoción guadalupana fue una estrategia evangelizadora de la Iglesia para integrar elementos indígenas y facilitar la conversión al cristianismo.
En la Notre Dame previa al incendio en París, tuve el honor y privilegio de vivir una de esas Diosidencias en las que creo; iban a montar el altar de nuestra Virgen, me asomé y fui invitada a tan maravillosa tarea. Pocas veces me he conmovido tanto. Fui feliz.
Así pues, donde quiera que uno vaya por el mundo, ver una imagen de María de Guadalupe emociona y estremece de amor. Escribo esto el 12 de diciembre. ¡Feliz cumpleaños madre! Te llevo siempre en el corazón y el alma juntito al recuerdo de Doña Aurora, mi madre terrenal.