¿A qué o a quien recurrir para entender este mundo en el que se nos va la vida cada día? Ese mundo que aturde y no deja pensar ni siquiera cuando alguien siente de cerca a la muerte.
Durante el Sábado de Gloria, presas en el Estado de México se convierten en zonas de alto riesgo por ahogamientos, impulsados por imprudencia, alcohol y falta de vigilancia, advierten autoridades.
Automovilistas que no regularicen su vehículo podrían enfrentar problemas con aseguradoras, multas y trámites; Amdamex llama a aprovechar la condonación vigente hasta el 6 de abril.
Tras seis días de cierre por vandalismo, el puente peatonal en Caseta Vieja fue reabierto; sin embargo, habitantes de Valle de Chalco e Ixtapaluca advierten que la estructura sigue en malas condiciones y representa un peligro diario.
Para muchos habitantes del Estado de México, caminar por la banqueta se ha vuelto más riesgoso que hacerlo sobre el arroyo vehicular. Obstáculos, invasiones y deterioro de las aceras obligan a peatones, especialmente adultos mayores, a exponerse al tránsito ante la falta de condiciones seguras.
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
La situación, la ruptura, el destino del mundo contemporáneo no solo se debe comprender por indicadores económicos, guerras abiertas o instituciones en desgaste sino también por el clima moral de desconcierto que lo envuelve. Al parecer no hay rumbo. El destino de las naciones se hace al capricho de los gobernantes más poderosos y de otros que, encerrados en sus privilegios, se someten a la voluntad de los más fuertes.
Y sin embargo el mundo va. La vida cotidiana, la rutina diaria, parece seguir el ritmo normal de cada día. Aparentemente nada cambia y sin embargo todo se mueve. Si uno se detiene un instante en esta vorágine de satisfactores tan inmediatos como inútiles que ofrece la vida contemporánea se dará cuenta que ya casi nada es lo mismo.
En una era dominada por la posverdad, la manipulación digital y la desconfianza generalizada la desnudez de la humanidad es más que evidente. Filósofos ya no abundan, los pensadores políticos se encuentran atrapados en las coyunturas y los liderazgos políticos del mundo se muestran frágiles, contradictorios, incapaces de ofrecer relatos comunes que articulen el futuro en donde la política ha perdido épica y ha ganado cinismo.
Pero siempre nos quedan espacios en donde encontrar algo. En la música siempre se encuentran respuestas. Fue entonces que recurrí a escuchar y releer a Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016, y quien supo captar ese malestar mucho antes de que se volviera cotidiano. Sus canciones funcionan hoy como una brújula rota que, aun así, señala con precisión el caos que habitamos en lo colectivo, pero también en lo individual.
Desde temprano, Dylan advirtió en “the times they are a-changin’, que se constituyó en una consigna generacional en los años sesenta, como una constatación inquietante de que el cambio no siempre conduce al progreso, a veces solo acelera la incertidumbre. Esa en la que el mundo parece estar atrapado hoy. Una paradoja en donde todo cambia —la tecnología, la geopolítica, el trabajo, la comunicación—, pero se tiene esa sensación dominante de estar a la deriva. Las viejas reglas ya no funcionan y las nuevas aún no existen.
Y mientras millones en el planeta son desplazados, migrantes y excluidos siguen buscando reconocimiento y dignidad, en Blowin’ in the Wind, Dylan se preguntaba cuántos caminos debe recorrer una persona antes de ser considerada verdaderamente humana pues muchos siguen “flotando en el viento”, esquivas frente a gobiernos que miran hacia otro lado y sociedades cada vez más cansadas.
En A Hard Rain’s A-Gonna Fall, Dylan dibuja un paisaje apocalíptico: mares contaminados, armas, niños que sufren. No es difícil leer ahí una metáfora del siglo XXI: crisis climática, violencia estructural, guerras que se normalizan, una amenaza constante que cae como lluvia pesada sobre las generaciones futuras. No es una profecía, sino una advertencia poética sobre los límites de un modelo que confunde crecimiento con destrucción.
Y en Like a Rolling Stone, la caída no es solo pérdida, es también despojo de ilusiones falsas. Tal vez el mundo actual, al quedarse “sin dirección, como una piedra rodante”, esté atravesando una etapa similar: la de aprender a vivir sin certezas heredadas, sin promesas automáticas de progreso. Y eso es una enseñanza.
Al final la música, la literatura y la filosofía pueden venir también en forma de canción no solo para pensar al mundo sino pare pensarnos a nosotros mismos. Exige preguntas incómodas, memoria crítica y la valentía de aceptar que, quizá, las respuestas todavía siguen flotando en el viento.