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Análisislunes, 20 de abril de 2026

La estatización incipiente

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A partir de 2018, México transitó por un proceso político que, en su origen, no admite objeción: los instrumentos democráticos funcionaron con precisión. El candidato que la mayoría apoyó, gobernó. Sin distorsiones visibles, sin sobresaltos institucionales ni fracturas sociales. El punto de partida fue, en ese sentido, legítimo.

A partir de ahí, el modelo comenzó a transformarse. Primero con cautela, en correspondencia con una configuración legislativa sin mayoría absoluta. Después, de forma progresiva. Y finalmente, con una velocidad distinta, propia de un poder sin contrapesos efectivos. Lo que inició como ajuste, terminó por convertirse en rediseño.

Hoy ese modelo ya no se anuncia: se ejerce.

El cierre de espacios de gobernanza mediante la desaparición de órganos autónomos, la dilución práctica de la división de poderes y la creciente centralización de decisiones configuran una nueva arquitectura institucional. No es una ruptura abrupta, sino una sustitución gradual: de contrapesos por alineación.

Ese cambio no se limita al terreno político. Se extiende al económico.

Las decisiones visibles: proyectos impulsados desde el Estado como el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, Mexicana de Aviación y Gas del Bienestar; empresas públicas reactivadas; sectores estratégicos redefinidos bajo lógica gubernamental.

No es un accidente. Es un patrón.

Hasta aquí, podría argumentarse que se trata de decisiones soberanas. Y lo son. Todo Estado tiene la facultad de definir su modelo de desarrollo y de intervenir en la economía en función de sus prioridades. El problema no está en la decisión. Está en el límite.

Porque hay un umbral que no depende de la voluntad política ni del diseño institucional: el entorno económico global.

Durante años, ese entorno permitió márgenes amplios. Tasas bajas, energía relativamente contenida, liquidez abundante. Ese contexto facilitó que las decisiones internas se desplegaran sin fricción inmediata. Pero ese entorno ha cambiado, y lo ha hecho por razones que trascienden cualquier economía individual.

Ese entorno no invalida el modelo elegido por voluntad soberana. Pero sí lo pone a prueba.

Cuando los precios dejan de ajustarse plenamente por el mercado, alguien tiene que hacerlo. Y ese alguien, en México, empieza a ser el Estado. Quizá no por diseño ideológico, más bien por necesidad operativa. Contener precios, sostener ingresos, evitar traslados inflacionarios. Eso tiene un nombre: intervenir para estabilizar.

El problema es que cada intervención desplaza una señal de mercado. Y cada señal sustituida exige una nueva intervención estatal para sostener el equilibrio. Es un proceso acumulativo.

Ese tránsito tiene implicaciones.

Porque intervenir no es reformar. Contener no es corregir. Y desplazar el ajuste hacia el Estado no elimina el costo: lo acumula.

Porque mientras la voluntad fue soberana, el costo fue político. Pero cuando el entorno externo impone condiciones, el costo deja de ser optativo. Se vuelve inevitable.

Y en ese punto, el margen se reduce.

El problema no es el modelo cuando decide. Es cuando ya no puede elegir.

Cuando el margen desaparece, la política económica deja de decidir. 

Empieza a obedecer.

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