El espejismo de la normalización
Así, el Estado queda atrapado: subsidios energéticos para contener precios, programas sociales para sostener ingreso y deuda creciente para financiar ambos. Eso no es política fiscal. Es administración de presiones.
En ese contexto, el optimismo deja de ser prudencia y se convierte en engaño. Se vuelve inercial. Y una política económica que descansa en la inercia, en lugar de corregir sus desequilibrios, pierde un tiempo valioso.
Porque cuando la deuda aumenta sin crecimiento, cuando el gasto se rigidiza y cuando la credibilidad fiscal se erosiona, los ajustes abruptos que suelen aplicar los mercados no desaparecen. Se acumulan. Y terminan imponiéndose.















