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Análisislunes, 6 de abril de 2026

Agotamiento

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La semana pasada advertí de un riesgo: México empezaba a gobernar el síntoma en lugar de corregir la causa. Hoy, el problema ha dado un paso más. No sólo se administra la fragilidad; empiezan a colapsar los mecanismos que la hacían tolerable.

Durante años, la economía mexicana operó sostenida por amortiguadores que no resolvían los desequilibrios, pero los contenían: remesas crecientes, margen monetario suficiente, subsidios fiscales oportunos y una inercia mínima de confianza. No era un modelo sólido, pero útil como mecanismo de estabilización.

Esa suma se está agotando. Y lo está haciendo al mismo tiempo.

El daño no es sólo fiscal. Al distorsionar precios, se incentiva el consumo ineficiente, se posterga la modernización logística y se consolida una economía que subsidia su propia inercia. Lo que hoy se presenta como estabilidad es, en realidad, un traslado de costos hacia el futuro.

Esa es la disyuntiva que se ha evitado enfrentar. No entre una buena y una mala política, sino entre dos costos: uno inmediato, visible y políticamente caro; otro diferido, acumulativo y económicamente más destructivo. El subsidio no elimina el ajuste. Lo esconde. Y al hacerlo, lo amplifica.

Un escenario así golpea la inversión: la pública por falta de recursos y la privada por ausencia de confianza.

Ese es el quiebre.

Conviene ser claros: esto no es una crisis. Es algo más peligroso. Es la pérdida gradual de capacidad para evitarla. Y cuando esa capacidad se agota, las decisiones dejan de ser opcionales. Se vuelven inevitables. Y mucho más costosas.

Porque cuando la mascarada cae —y está cayendo— ya no queda margen para administrar el síntoma.

Sólo queda enfrentar la causa.

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