Cada 9 de marzo se celebra el Día Internacional del DJ, una fecha que reconoce a quienes ponen la música en bodas, bares, fiestas populares o eventos masivos
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
La mentira no es un accidente del lenguaje ni una desviación moral ocasional: es una estructura profunda de la comunicación humana. La mentira acompaña al poder, pero también al afecto, a la esperanza y a la supervivencia. “Miénteme más. Que me hace tu maldad, ¡feliz!”, dice la canción popular, y en esa súplica hay una verdad incómoda: preferimos el consuelo al desgarro, la ficción amable a la realidad desnuda. No se trata solo de una frase romántica; es un pacto tácito que atraviesa las relaciones íntimas y, con mayor crudeza, el discurso político.
Ya lo sentenció el filósofo tropical Ricardo Arjona: “Una mentira que te haga feliz vale más que una verdad que te amargue la vida”. La frase, tan citada como cuestionada, no pretende defender el engaño como virtud ética, sino señalar una pulsión humana elemental: el deseo de sentido. Manu Chao lo resume con lucidez punk: “Todo es mentira, la verdad”. No porque no exista lo real, sino porque lo real siempre llega mediado por narrativas, intereses y emociones.
La sociedad padece desde siempre el abandono. Abandono material, simbólico, institucional. No tiene certezas ni en la realidad ni en la esperanza. Cuando el Estado falla, cuando la justicia se posterga, cuando la historia se reescribe a conveniencia, la mentira se vuelve refugio. Creer —aunque sea en algo falso— resulta menos doloroso que aceptar el vacío. De ahí que la mentira no solo sea una herramienta del poder, sino también una demanda social.
El México prehispánico ofrece un ejemplo paradigmático: la interpretación de que Hernán Cortés era Quetzalcóatl retornando del tiempo. Más allá del debate historiográfico sobre la veracidad de esa creencia, lo importante es entender el mecanismo: ante lo incomprensible y amenazante, la cultura recurre al mito para explicar, ordenar y soportar el trauma. No fue ingenuidad; fue una estrategia simbólica frente al caos. El problema surge cuando el mito no protege, sino que somete.
“Hasta no ver, no creer… pero hasta la vista engaña”. La percepción es falible. Vemos lo que queremos ver, lo que podemos soportar, lo que nos repiten. En la era de la imagen, la mentira no necesita ocultarse: se exhibe, se edita, se viraliza. Estamos condenados al engaño no porque seamos incapaces de la verdad, sino porque la verdad es compleja, incómoda y lenta, mientras que la mentira es simple, emotiva e inmediata.
La estrategia de los poderosos consiste en cambiar, intercambiar, sustituir; diversificar temas y personajes para desviar siempre la atención. No se trata de convencer, sino de saturar. En la guerra mediática gana quien repite más su versión de los hechos. La verdad, si no se comunica, si no se disputa en el espacio público, se vuelve irrelevante. Así, la mentira no se impone por su coherencia, sino por su persistencia.
Dudar se vuelve entonces un acto de resistencia. “Yo siempre estoy dudando, y creyendo un poco… ¿pero en qué creo?”. La duda no es parálisis; es lucidez. Y, sin embargo, incluso el más escéptico necesita un asidero. Yo, como muchos, creo en la poesía. Y sí, la poesía también es una mentira: una invención del lenguaje que no busca describir el mundo tal cual es, sino revelar lo que sentimos frente a él. Pero es una mentira honesta, consciente de su artificio. No promete salvación, solo sentido.
Necesitamos creer para no sufrir el dolor del abandono. Creer en una causa, en un líder, en un dios, en una idea, en un verso. Alejandro Filio lo canta con una claridad conmovedora: “Habrá que creer, habrá que creer en Cristo, en la paz o en Fidel; habrá que creer en algo o en alguien tal vez”. No importa tanto el objeto de la fe como la necesidad de fe misma. Creer es una forma de resistir la intemperie.
La mentira, entonces, no es solo manipulación: es también derecho cotidiano, anestesia social, mecanismo de defensa. El problema no es mentir, sino olvidar que lo hacemos. Cuando la mentira se absolutiza y se presenta como verdad única, se vuelve tiranía. Tal vez la salida no sea eliminar la mentira —empresa imposible—, sino aprender a reconocerla, a leerla, a desmontarla. Y mientras tanto, aferrarnos a aquellas ficciones que, como la poesía, no nos engañan sobre su naturaleza y nos devuelven, al menos, la dignidad de sentir.