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Camino por el laberinto de las calles empedradas en las horas de la quietud vespertina. La ciudad está tibia, inquieta, estremecida. El otoño llega suavemente, como si la palabra serenidad se tiñera de esos amarillos que se van apagando en la penumbra. La música intermitente de la lluvia acompaña el transcurrir del tiempo. Transito por los senderos de la memoria. La divagación es el género preferido para reflexionar durante las caminatas. Doy con la llave que resguarda los silencios de Xalapa.
Rememoro. Hace 50 años, dirigente estudiantil de la Facultad de Pedagogía, Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, me quejaba, en excitantes y vociferantes discusiones de madrugada, de los temores en la Xalapa amodorrada y comodina. Díaz Ordaz era el represor en turno, y a él y a su régimen lanzaba imprecaciones cotidianas en las aulas, y en las calles, y en la plaza Lerdo, junto a mis compañeros de viaje, la Vanguardia Veracruzana del movimiento estudiantil. Hoy los recuerdo con afecto, con cariño fraterno: Rafael Arias Hernández, Joel Hurtado Ramón, Ernesto Gerardo Fernández Panes, Juan José Rodríguez Prats, Guillermo Villar González, Héctor Castañeda Bringas, Javier Ortiz Aguilar y Aureliano Téllez.
Transcurre el tiempo, se han perdido algunos atributos propios de la juventud, pero se conservan intactas la vergüenza y la memoria. Repaso, sin recurrir a las hemerotecas ni a google, los días tensos del año 1968. Hace 50 años, una etapa llegaba a su final. No en el repudio y la salida de Díaz Ordaz. Para mí eso es, ahora, anécdota. Simbólica, pero anécdota al fin, ya estaba liquidado desde hacía mucho, aunque él no lo supiera, aunque lo ignorara su partido, aunque no lo supiéramos nosotros. Una época se cerraba con la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco. Matanza de jóvenes inermes.
1968: el espejismo. Unos cuantos jóvenes fantaseaban que todo cambiaría después de la opresión diazordacista. No sabían aún que, siendo el cambio permanente, las fuerzas políticas derrotadas se reinventan, se reagrupan y regresan por sus fueros, como si nada cambiara. Pasará mucho tiempo para aprender eso. Y es difícil aceptarlo. Estaban cegados por la ilusión. Esa que es la parte amable del delirio, según Freud. Fuimos una generación acorralada en su laberinto, estrellada contra un muro. Puede ser que todas lo sean. No lo sé. Tengo claro que nada añoro. La nostalgia no habita en mí. Aún siendo protagonista de las luchas estudiantiles de aquellos años.
Hace 50 años México era un país dual. Era la herencia de la Revolución de 1910 con efectos perversos muy largos, con la gran mayoría de los mexicanos viviendo la opresión hegemónica de un partido político, dueño y señor del país. El pueblo se limitaba a tener miedo, en serio. Las paranoias policiales marcaron nuestros gestos y liturgias.
Para someter el miedo, para entender las paradojas del país, me refugié en la voracidad de los libros y del cine. Es decir, en aquello que no fuera real, porque lo real era aplastante, desolador, tétrico. Jamás leí tanto como en ese tiempo. Nunca, después, vi tantas películas, como lo hice en el Cine Club que coordinaba Lorenzo Arduengo en el Aula Clavijero, y en el cine Xalapa. En la biblioteca y la pantalla del cine estaban todas las batallas de la vida, si es que aquello podía llamarse vida. Cada imagen, y cada página de los libros, ante mis ojos, cobraban vitalidad. Esto me sirvió para salvarme del tedio de la realidad brutal.
Hace 50 años pensar era temerario, aventurado, riesgoso. Sobreponerse al miedo era apasionante. Y en los libros, el cine, y los discursos recuperados, siempre estaba presente la resonancia exaltante de la libertad. Esa libertad negada, esa libertad concebida como un absoluto. Poco importa ahora que comprobemos que no lo era. Sirve como recuerdo.