Análisisdomingo, 8 de abril de 2018
Sordidez y política
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Xalapa, ciudad en la colina o de nubes negras antes del aguacero, retoma su trajín con el resplandor de cada primavera. Atrás quedó el paréntesis del silencio que cubre la sagrada melancolía de la Semana Santa. Y otra vez soportaremos el peso del mundo hostil que todos llevamos a cuestas. Xalapa, la recién añorada en la orilla de las playas, sabe guardar sus enojos de antigua dama sabia. Algunos sospechan que todo es escenografía, pronto la ciudad mostrará su rostro adusto, el de siempre. Amor extraño, deseo permanente encadenado a quienes retornan a la ciudad envuelta en la inseguridad y en la luz generosa de abril.
Yo, que he permanecido en la ciudad, también estoy de regreso. Del fantástico mundo infinito que encuentras en las pocas y magníficas páginas de libros escogidos. Y también del papel y tinta negra alborotados, desordenados, en donde nadie, ni yo mismo, advierte un proyecto de obra, y sí, quizás, cuartillas destinadas para ser arrojadas al olvido. Veo entonces a Xalapa, pasada la lluvia, con un asombro similar al de quiénes regresan de su breve descanso. Todos, de nueva cuenta en la ciudad de todos, en las calles y avenidas que golpea la lluvia, en las horas severas de la habitación en penumbra donde sólo se escucha la música adormecedora de las gotas de agua que resbalan por el tejado.
Salieron de vacaciones para volver. Huyeron sólo para alejarse de la luz mortecina de la ciudad que ahora los recibe con la sorpresa imprevista de un invierno que no termina de irse, y de una primavera que aún no llega plena. Somos parte de la ciudad, no somos ni seremos ni fuimos de ningún humano, ni de país alguno ni de creencia cierta. No somos dioses ni bestias, lo dijo Aristóteles; somos ciudadanos, seres repletos de palabras, que en el rejuego de las luces y sombras anidadas en los pliegues de las calles, reconocemos el misterio al toparnos con nuestro fantasma, el fantasma principal que los espejos no advierten.
Hoy saldrás a la calle. ¿Qué verás? ¿Qué encontrarás? Lo mismo, lo de siempre: sordidez y política, política y delitos. Si tan sólo eso pudiésemos eliminar de nuestra vista, satisfechos estaríamos de vivir en una ciudad de gente feliz. Imposible por ahora. No existe el ciudadano apolítico, como no existe el círculo cuadrado. La política aniquila al ciudadano, digamos que es una especie de veneno inyectado en diferentes dosis que embriagan, o vuelven ciegos, o locos, o exterminan a los hombres. Es preferible mirarla de lejos, a distancia prudente para no contaminarse con el olor tóxico que despiden los vividores de nuestros impuestos. Eso es lo justo, pero insuficiente, limitado.
Xalapa, la capital de Veracruz, la todavía llamada “Atenas Veracruzana”, vive despreciada, en el olvido y el abandono. Yo también la olvido, ¡válgame Dios!, para pensar un poco en esos seres carentes de inteligencia, alejados de la belleza, faltos de poesía: los políticos. Dicen que ya están haciendo campañas proselitistas. Dicen ser los más honrados. Dicen que son cercanos a la gente. Se autodenominan: incorruptibles luchadores sociales de toda la vida. Los candidatos son como los tuiteros: responden como si supieran de lo que hablan. Vendedores de ilusiones ya comienzan a pedir mi voto. Conozco bien esa cantaleta interminable, demagógica, de la cual huyo en vano. Quizás sea mi legítima defensa. Políticos, digo, políticos tenemos de diferentes colores y matices, algunos son como los camaleones que cambian de disfraz todos los días, otros dicen ser fieles a las siglas de su partido. Los hay pésimos y peores. Delincuentes ya, abundan. Aparecerán en las boletas electorales. No hay otros para escoger frente a las urnas. Cada quien en solitario decidirá. Votará en contra de alguien y no a favor de un elegido. La venganza de las urnas será terrible. Castigo para el que nos mintió, nos quiso engañar, nos arruinó. El circo electoral será desmantelado. Y después vendrá el olvido. Xalapa seguirá siendo la ciudad que se ve desde lejos, en lo alto de una colina, húmeda, misteriosa, abandonada, despreciada.