Análisismiércoles, 3 de mayo de 2017
Corrupción, cáncer de la democracia
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
¿Dónde poner los ojos y la corrupción no verla? ¿Dónde? ¿Existe algo en el sistema institucional de México que no esté corrompido? Quizás muy poco, casi nada. La corrupción no es un defecto del poder. Es uno de sus atributos. Uno de sus elementos materiales. El Estado moderno, enorme e implacable máquina de dominio, tiene todos los mecanismos para someter, en beneficio de sus agentes, cualquier legislación y cualquier oposición.
La división, autonomía, y contrapeso de los poderes se crearon para que los mismos engranajes del Estado sirvieran como frenos entre sí. La mente brillante de Montesquieu lo resumió con estas palabras: “Para que no se pueda abusar del poder, es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder contrarreste al poder”.
¿Y la democracia mexicana cumple con el axioma de Montesquieu? No, por supuesto que no. Algo está al revés. No debe extrañarnos si vemos el trayecto recorrido por el país desde 1929 en que se fundó el Partido Nacional Revolucionario. “México es la dictadura perfecta”, dijo el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Bastante fue que México abriera las puertas a la competencia política. Pero algo sigue estando al revés. Eso que Montesquieu señala con palabras escuetas “por la disposición de las cosas”. Corregir el abuso del poder no puede concederse al criterio de una persona o grupo de personas, que forman parte del mismo poder cuya descomposición se les encarga vigilar. La fórmula de Montesquieu, el contrapeso de poderes, sólo será auténtico si es un puro automatismo de esa máquina que hemos denominado Estado.
Todo en México está al revés. Descompuesto. En las manos del Presidente de la República y los senadores está la completa designación de los Ministros de la Suprema Corte de Justicia. El Consejo de la Judicatura Federal no es, claro está, un órgano jurisdiccional, pero sí controla la carrera institucional de los magistrados y jueces. De más está decirlo: quien nombra manda. Y resulta que el gobernante en turno y los grandes partidos, de antemano se ponen a salvo en la rendición de cuentas. Y cuando no hay contrapesos, cuando no hay nada que le impida corromperse, el Estado se corrompe. Aristóteles nos enseñó con claridad meridiana que la corrupción es la parte alterna de la naturaleza viva. Dicho de otro modo, vida es la manifestación de los cuerpos que se corrompen. Antes de producirse la muerte.
¿Dónde, en qué parte del aparato institucional mexicano no existe la podredumbre que anuncia su extinción? ¿Dónde? Es demasiado el hedor del escombro amontonado frente a la sociedad. Optimismo no lo hay. El balance es negativo. En Veracruz y Ciudad de México, en Guerrero y Tamaulipas, en Sinaloa y Oaxaca. En todo el país el paisaje es de inseguridad y violencia, desolación y muerte, impunidad y desencanto. Corrupción generalizada, con los políticos y más allá de los políticos, a los que la población señala como las personas más corruptas.
Terrible es la corrupción del Estado que se multiplica e invade a la sociedad entera y la pudre. Sin excepciones. Es común que un político, o un partido político, se hinche de dinero ilícito. Ni los golpes de pecho, ni los buenos deseos, ni los juramentos éticos, ni compradores, ni comprados, ni las fiscalías anticorrupción podrán terminar con este cáncer. ¿Y los jueces? Los jueces, sí. Sólo los jueces. Sólo un poder judicial con independencia blindada por la ley. Pero, ¿qué ley existe en el México de hoy que garantice la independencia real, total, absoluta, del poder judicial? Lo digo otra vez: independencia real, total, absoluta, no simulaciones.