Vivir con miedo
Recuerdo que a buena hora de la noche solía quedarse dormida mi hija mientras yo le leía un cuento. Jamás perdió el sueño al escuchar que un lobo se comía una abuelita, o porque una bruja maldita arrojara un pigmeo en una enorme olla.
Pienso, un día sí y otro también, que hemos perdido la alegre vida que alguna vez disfrutamos, aquella tranquilidad de la convivencia que nos permitía el buen vivir.
Se respira, se palpa, se siente el miedo. Miedo, mucho miedo. En la calle, en la casa, en los centros comerciales, en las carreteras, en todas partes. No es una sensación, es la realidad cotidiana.
A todas horas el miedo se pavonea por las esquinas de la ciudad y las veredas de los pueblos. Miedo, no sólo de la brutal violencia sino de veinte mil cosas más.
Por mi parte, quiero dormir más tranquilo y mirar con más alegría y menos miedo a mis hijas y a mis nietos.
No podemos dejar que el miedo sea nuestro carcelero.















