El mundo tiembla azotado por catástrofes. Los incendios destruyen los bosques, los huracanes arañan la piel de varios países, y los temblores derriban las construcciones en México.
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Frágil es la existencia humana, expuesta al fuego, el viento, el agua, la tierra, elementos transformados en amenazas para las personas y también para la casa, ese lugar que hemos escogido para habitar, vivir, procrear; refugio del amor y la esperanza, espacio para el diálogo familiar.
Después del terrible temblor de 1985 que se ensañó con la Ciudad de México, nuestro gran poeta José Emilio Pacheco nos entregó estas palabras sobre la fragilidad y el desamparo: “La casa que era defensa contra la noche y el frío, la violencia de la intemperie, el desamor, el hambre y la sed, se reduce a cadalso y tumba”.
La casa, ese lugar que construimos para proteger nuestra fragilidad y sentirnos seguros ante los embates de la intemperie… se viene abajo, convertida en escombros, cae sobre nuestros cuerpos y nos repite que formamos parte de la naturaleza, que somos hambre y sed, y que basta un segundo para caminar hacia la tumba.
19 de septiembre de 2017. El estremecimiento fue de abajo, el golpe vino de las entrañas, la sacudida, el temblor, nos mostró que todo lo que hemos edificado queda triturado por la inmensidad del grito interno de la tierra. Es la fragilidad. Nada somos. Construcciones como castillos de naipes, monumentos emblemáticos reducidos a deshechos. Y la vida, si por desgracia estaba dentro de esas construcciones colapsadas, si una grieta, si un golpe, si un desplome, silencio, muerte.
Y los libros, tesoro del relato humano, compendio de ideas, estudios de la cultura universal, quedaron en el suelo rodando entre ripio y varillas retorcidas. Catástrofe en las ideas y las palabras. Para ser olvidados, o pisados en el suelo, ahí quedaron, en desorden, Platón y Aristóteles, Gogol y Dostoievski, Hegel y Marx, Shakespeare y Cervantes, Faulkner y Juan Rulfo, Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, Borges y José Emilio Pacheco.
Nadie imaginó que el 19 de septiembre, 32 años después, el terremoto iba celebrar su funesta memoria. Somos nada cuando la tierra protesta. Somos grandes cuando construimos monumentos enormes, que consideramos fuertes, macizos, y más firmes que todas las cosas, y qué pequeños somos, casi nada, cuando lo que nos sostiene cae hecho añicos en el primer temblor, latigazo terrestre, estremecimiento, sacudida ronca, que no distingue ni clases sociales ni zonas habitacionales.
La bella Ciudad de México, la histórica ciudad de Puebla, los entrañables pueblos de Morelos, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, iglesias, cúpulas, escuelas, casas, casonas, carreteras, calles, torres, monumentos, edificios, fueron zarandeados, destruidos por el terremoto, convertidos en ruinas, tumbas donde descansan aquellos a quienes la desgracia marcó para morir.
Somos pequeños, muy poco, nada, vulnerables, frágiles, indefensos. Bellísima Ciudad de México, crisol de nuestra historia, muestrario de los más refinados estilos arquitectónicos, grandiosidad monumental, ahora diosa golpeada, lastimada, caída. Ay, México, ay, gloria, ay, sueños.