Luego de haber comenzado el año litúrgico en el ya distante primer domingo de Adviento y haber celebrado el nacimiento del Señor durante la Nochebuena y la Navidad, con su Octava, nuestra celebración festiva alcanzó su culmen con la Epifanía y el Bautismo del Señor. El año litúrgico se ordena en función de Jesús: Él es el principio, el centro y el final, el Alfa y la Omega. Estas fiestas, que marcan el comienzo de la vida pública del Señor, ceden su lugar para dar paso a un camino de desaceleración.
Este domingo ya nos encontramos en la ruta del Tiempo Ordinario, concretamente en el II domingo del Tiempo Ordinario. Lleva este nombre precisamente porque es un tiempo común, habitual, que no destaca por celebraciones extraordinarias como la Navidad o la Semana Santa. Es un tiempo sin picos celebrativos, en el que acompañamos el ejercicio corriente del ministerio de Jesús. Este Tiempo Ordinario se extenderá hasta el martes 17 de febrero, pues el miércoles 18 se verá interrumpido con la imposición de la ceniza.
El tiempo ordinario nos recuerda el valor tan grande que tiene lo cotidiano, lo común, lo habitual. Este tiempo se caracteriza por ser una época sin excepcionalidades. En esta temporada de la vida de la Iglesia acompañamos a Jesús en sus encuentros coloquiales, en sus discursos comunes, lo cual no quiere decir que este tiempo sea menos importante o carente de significado. Todo lo contrario: es una llamada a degustar el sabor de lo coloquial, de lo simple, de lo sencillo. Eso es lo que hace la vida: los encuentros simples, cercanos y coloquiales son los que le dan sentido a lo más valioso de nuestra vida. Acompañamos a Jesús en sus encuentros, en su entrada en distintas casas, en la creación y fortalecimiento de los lazos y vínculos.
La vida de la Iglesia nos enseña a valorar lo ordinario. La fe tiene mucho de cotidianeidad. No puede uno pasarse la vida aspirando a vivencias trascendentales o a picos celebrativos. Nuestra vida se construye de rutinas que nos llenan de aprendizajes, de alegrías, de desafíos y preocupaciones. Así es la fe: es la posesión tranquila de una certeza, es la serenidad de sabernos acompañados por Dios en lo simple y coloquial de cada día. No es mala la rutina ni la cotidianeidad. El ritmo de la vida eclesial nos enseña a mirar con gusto y esperanza los grandes eventos de la vida del Señor, pero también su vida callada y de oración, sus risas y encuentros ordinarios.