Con el nombre “Aperuit illis”, el Santo Padre Francisco ha querido titular un breve documento con el que motiva a la celebración de un domingo dedicado a la Palabra de Dios. El nombre, una vez traducido, significa “les abrió el entendimiento”, y es precisamente la primera línea del texto antes mencionado. Es un documento contundente que se organiza en 15 numerales, como es propio de la forma de escritura de los textos pontificios. Y la idea central del documento es la institución del Día de la Biblia, del Domingo de la Palabra, situado en los comienzos del tiempo ordinario.
Es apenas en el tercer número, donde el Papa deja al descubierto el imperativo de la institución del día de la Biblia, el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, que precisamente en este año es el 25 de enero de 2026. Este será un día dedicado completamente a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. El Papa ha tenido a bien incluir esta celebración en el marco de la Jornada de Oración por la Unidad de los Cristianos.
Esto de tener un día especial para la veneración de la Palabra de Dios, no ha sido una idea que el Santo Padre Francisco haya concebido y erigido al vapor, sin discernimiento. Desde la conclusión del ya distante jubileo de la Misericordia, Francisco insistió en el Domingo de la Palabra. Así pues, ha querido que esta celebración entre en la vida pastoral con la institución de los lectores. Pone énfasis en la formación adecuada de la Palabra con miras a ser verdaderos anunciadores de la palabra, menciona a los acólitos, los ministros de la comunión y los catequistas. Es claro, la formación es para todos los cristianos y está orientada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra.
La clara intención que palpita en esta decisión del Papa Francisco es la necesidad de fincar la Iglesia misma, la práctica pastoral y la formación eclesial en la Sagrada Escritura. Esto es, que la predicación, las iniciativas pastorales; la organización y las diversas gestiones estén de acuerdo con la Palabra de Dios. Sabiendo que Cristo, el primer exégeta, es el que no dejará de indicar a su pueblo la ruta que habrá de tomarse, teniendo como lámpara para los pasos la Escritura.