Muchas son las razones por las que san Jerónimo es profundamente estimado entre nosotros, la primera razón que salta a la vista es la de las fiestas vistosas y coloridas de Coatepec. Pero, no sólo por eso, también por el testimonio de su vida, por su servicio a la Iglesia, por su doctrina y santidad de vida, y desde luego, por su amor a la Palabra. De san Jerónimo el arte transmite dos imágenes bastante opuestas. Por un lado, los bellísimos cuadros en los que se le percibe famélico, casi desnudo, sentado en una piedra, seguramente representando el desierto del sur de Antioquía, donde estuvo cuatro años en estricta ascesis, y con un león cerca o detrás de él, como buen eremita, cosa que sí fue. En ese momento de su vida se centran algunos artistas.
Por otro lado, las representaciones donde se le percibe de pie, con todos los atuendos cardenalicios y una escritura o pluma en sus manos, cosa que no fue y bastante anacrónica, dicho sea de paso. Porque la figura de los cardenales, con esas vestiduras, es tres siglos posteriores a la vida de Jerónimo. Sin embargo, algunos consideran que se le representa así por su cercanía al papa del que fue secretario, y porque en esos tiempos, algunos sacerdotes de Roma se denominaban cardenales.
Lo que no se puede negar es que fue un gran hombre, un don de Dios para la Iglesia. Un erudito, conocedor del hebreo, del que tradujo el Antiguo Testamento, y del griego, del que tradujo directamente el Nuevo Testamento. Doctor de la Iglesia y amigo de san Gregorio. Recibió el encargo del Papa Dámaso I de revisar la traducción latina de la Escritura, con una mayor fidelidad al texto griego. Lo que dio lugar a la Vulgata, la versión auténtica, fiel y oficial de la Iglesia, tal como más tarde lo declarará Trento. Una mente brillante y un corazón apasionado, centrado en Cristo, a quien se conoce por la Escrituras, y a quien se desconoce si no hay acercamiento a la Biblia.
Se le celebra el día de su muerte, pues murió en Belén el 30 de septiembre del 420. Estamos a unos 1605 años desde su salida de este mundo. En ese sitio -Belén- estaban sus restos que luego fueron trasladados a la ciudad eterna. La libertad con la que vivió su vida, su amor por las escrituras y su testimonio polifacético, no deja de ser una llama luminosa que a todos anima en el camino de la vida cristiana, desde las coordenadas que el siguió, el servicio a la Iglesia, el amor por la Palabra y la vida espiritual.